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lunes, 25 de abril de 2011

El cerebro inventa el tiempo


"La pregunta plantea una cuestión fundamental sobre la conciencia: ¿cuánto de lo que percibimos existe fuera de nosotros y cuánto es producto de nuestra mente? El tiempo es una dimensión como cualquier otra, fijada y definida hasta sus menores incrementos: milenios a microsegundos, siglos a oscilaciones de cuarzo", afirmó Burkhard Bilger, el autor.


Buena traducción de El Puerco Espin del artículo de Burkhard Bilger en la revista New Yorker:


Cuando David Eagleman tenía ocho años, cayó de un techo y siguió cayendo. O así le pareció (…) Desde entonces, Eagleman ha recopilado cientos de historias como la suya, y casi todas comparten la misma característica: en situaciones de vida o muerte, el tiempo parece aletargarse. Recuerda la sensación claramente, dice. Su cuerpo se precipita hacia adelante mientras el papel de alquitrán se quiebra bajo sus pies. Sus manos se estiran hacia el borde, pero está fuera de alcance. El piso de ladrillos flota allá arriba –unos clavos brillantes están desparramados encima–, mientras su cuerpo gira sin peso sobre el suelo. Es un momento de calma absoluta y espantosa agudeza mental. Pero lo que recuerda mejor es la idea que le llegó en medio de la caída: así se debe haber sentido Alicia cuando iba cayendo por el túnel del conejo.

Eagleman tiene ahora 39 años, y es profesor asistente de neurociencia en el Baylor College of Medicine, en Houston (…) Es un hombre obsesionado por el tiempo. Como director del laboratorio de Baylor, Eagleman ha pasado la última década rastreando los circuitos neuronales y psicológicos de los relojes biológicos del cerebro. Ha tenido la suerte de llegar a su campo de conocimiento al mismo tiempo que los escáners que usan resonancia y permiten a los científicos observar el trabajo del cerebro al pensar. Pero sus mejores resultados han llegado a menudo con alternativas creativas: videojuegos, ilusiones ópticas, desafíos físicos (…)

El cerebro es un cronómetro extraordinariamente capaz para muchos propósitos. Puede mantener la cuenta de segundos, minutos, días y semanas, enciende la alarma en la mañana, a la hora de dormir, en cumpleaños y aniversarios. La conciencia del tiempo es tan esencial para nuestra supervivencia que puede que sea el mejor calibrado de nuestros sentidos. En pruebas de laboratorio, la gente puede distinguir entre sonidos separados por tan poco como 5 milisegundos, y nuestro registro involuntario del tiempo es aún más rápido. Si uno camina por la jungla y un tigre ruge en medio de la maleza, el cerebro procesará el sonido instantáneamente comparando cuándo llegó a cada uno de los oídos y triangulando los 3 puntos. La diferencia puede ser tan pequeña como 9 millonésimas de segundo.

Sin embargo, “el tiempo cerebral”, como lo llama Eagleman, es intrínsecamente subjetivo. “Intente este ejercicio”, sugiere en un ensayo reciente. “Deje este libro y vaya a mirarse en el espejo. Ahora, mueva sus ojos de un lado a otro, de modo que se mire al ojo izquierdo, luego al derecho, luego al izquierdo de nuevo. Cuando sus ojos cambian de una posición a la otra, se toman su tiempo para moverse y aterrizar en la otra ubicación. Pero aquí está la cosa: uno nunca ve que los ojos se muevan”. No hay pruebas de ningún bache en la percepción –no hay tramos oscuros como pedazos de película en blanco–, y sin embargo mucho de lo que uno ve ha sido editado. El cerebro ha tomado la complicada escena de los ojos yendo y viniendo y la ha rearmado como una muy simple: los ojos miran derecho. ¿Adónde fueron los momentos perdidos?

La pregunta plantea una cuestión fundamental sobre la conciencia: ¿cuánto de lo que percibimos existe fuera de nosotros y cuánto es producto de nuestra mente? El tiempo es una dimensión como cualquier otra, fijada y definida hasta sus menores incrementos: milenios a microsegundos, siglos a oscilaciones de cuarzo.

Sin embargo, la información rara vez refleja nuestra realidad. Los movimientos rápidos de los ojos en el espejo, conocidos como movimientos sacádicos, no son lo único que es eliminado por la edición. El sacudirse de la cámara de nuestra visión cotidiana es emprolijado de igual modo, y nuestros recuerdos son, a menudo, revisados en forma radical. ¿Qué más nos estamos perdiendo? (…)

Hace unos años, Eagleman volvió a pensar en su caída del techo y decidió que planteaba una pregunta interesante para la investigación. ¿Por qué el tiempo se vuelve más lento cuando tememos por nuestras vidas? ¿Nuestro cerebro mete un cambio por unos pocos segundos y percibe el mundo a media velocidad o hay algún otro mecanismo en funcionamiento? (…)

Eagleman remonta su investigación a los psicofísicos de Alemania a fines del siglo XIX, pero su verdadero antepasado puede ser el fisiólogo norteamericano Hudson Hoagland. A principios de los ’30, Hoagland propuso uno de los primeros modelos de cómo el cerebro lleva la cuenta del tiempo, basado, en parte, en el comportamiento de su esposa cuando tuvo fiebre. Ella se quejaba de que él había estado lejos demasiado tiempo, recordó él luego, cuando sólo se había ido por poco. Así que le propuso realizar un experimento: ella contaría 60 segundos mientras él lo medía con su reloj. No es difícil imaginar la molestia de ella ante la sugerencia o la suficiencia de él después: cuando el minuto de ella terminó, el reloj de él había contado 37 segundos. Hoagland repitió el experimento una y otra vez, presumiblemente pese a las objeciones de su mujer en el delirio (su fiebre subió por encima de los 40ºC).

El resultado fue uno de los gráficos clásicos de la literatura sobre la percepción del tiempo: cuanto más alta su temperatura, descubrió Hoagland, más corta su estimación del tiempo. Como un motor de carreras, su reloj mental iba más rápido cuanto más caliente.

Los psicólogos pasaron las siguientes décadas tratando de identificar este mecanismo. Trabajaron con ratones, ratas, peces, tortugas, gatos y palomas; luego pasaron a monos, niños y adultos con el cerebro dañado. Los sometieron a shocks eléctricos, los ataron a cascos calientes, los sumergieron en baños de agua y los irritaron sus sus clicks insistentes, esperando acelerar o aletargar sus relojes internos.

Hoagland creía que esta conciencia del tiempo era un “proceso químico unitario” ligado al metabolismo. Pero estudios posteriores sugirieron una mezcolanza de sistemas, cada uno dedicado a una escala de tiempo diferente –el equivalente cerebral de un dial, un reloj de arena y un reloj atómico. “La Madre Naturaleza es un chapista, no un ingeniero”, dice Eagleman. “No inventa algo y lo tacha de la lista. Todo son capas sobre capas, unas encima de otras, y eso le da una fortaleza tremenda”. El mal de Parkinson puede dañar nuestra capacidad para registrar intervalos de unos pocos segundos, por ejemplo, pero deja intacto el conteo de lapsos menores a un segundo.

Cuántos relojes contenemos no está claro todavía. Los más recientes trabajos de la neurociencia dan la imagen del cerebro como un ático victoriano, lleno de objetivos extraños, etiquetados en forma vaga, que hacen tic tac en cada rincón. El reloj circadiano, que lleva el registro del ciclo del día y la noche, acecha en el núcleo supraquiasmático, en el hipotálamo.

El cerebelo, que gobierna los movimientos musculares, puede controlar el registro del tiempo del orden de segundos o minutos. Los ganglios basales y varias partes del córtex han sido nominados como contadores de tiempo, aunque hay algunos desacuerdos sobre los detalles.

El modelo estándar, propuesto por el fallecido psicólogo de Columbia, John Gibbon, en los '70, sostiene que el cerebro tiene neuronas “marcapasos” que liberan pulsos firmes de neurotransmisores. Más recientemente, en Duke, el neurocientífico Warren Meck ha sugerido que el conteo del tiempo es gobernado por grupos de neuronas que oscilan en diferentes frecuencias.

En U.C.L.A., Dean Buonomano cree que hay áreas en todo el cerebro que funcionan como relojes, sus tejidos haciendo tick tack con redes neuronales que cambian según patrones predecibles. “Imagine un rascacielos de noche”, me dijo. “Alguna gente del piso superior trabaja hasta medianoche, mientras que los del piso inferior se pueden ir a la cama temprano. Si uno estudia el patrón lo suficiente, puede indicar qué hora es sólo mirando qué luces están encendidas”.

El tiempo es no es como otros sentidos, dice Eagleman.

La vista, el olfato, el tacto, el gusto y el oído son relativamente fáciles de aislar en el cerebro. Tienen funciones discretas que rara vez se superponen: es difícil describir el gusto de un sonido, el color de un olor o el aroma de un sentimiento (a menos, por supuesto, que uno tenga sinestesia –otra de las obsesiones de Eagleman). Pero un sentido del tiempo está enhebrado en todo lo que percibimos. Está en el largo de una canción, en la persistencia de un aroma, el resplandor de un bulbo luminoso. “Siempre hay un impulso hacia la frenología en la neurociencia –hacia decir: ‘Aquí está el lugar donde ocurre’”, me dijo Eagleman. “Pero lo interesante acerca del tiempo es que no hay un lugar. Es una propiedad distribuida. Es una metasensorialidad: cabalga sobre todas las demás”.

El misterio real es cómo está todo coordinado. Cuando uno mira un partido de pelota o muerde un hot dog, los sentidos están en perfecta sincronía: miran y escuchan, tocan y gustan la misma cosa al mismo tiempo.

Sin embargo, operan en velocidades fundamentalmente diferentes, con diferentes aportes. El sonido viaja más lentamente que la luz, y los olores y gustos más lentamente todavía. Aún si las señales llegaran al cerebro al mismo tiempo, serían procesadas a diferente velocidad. La razón de que una carrera de 100 metros comience con un disparo de pistola en lugar de con una explosión de luz, señaló Eagleaman, es que el cuerpo reacciona mucho más rápidamente al sonido. Nuestros oídos y córtex auditivo pueden procesar una señal 40 milisegundos más rápido que nuestros ojos y córtex visual –más que compensando la velocidad de la luz. Es otro vestigio, quizás, de nuestros días en la jungla, cuando oíamos a un tigre mucho antes de verlo.

En el ensayo de Eagleman “Brain Time” (Tiempo cerebral), publicado en la antología de 2009 “What’s Next? Dispatches on the Future of Science” (“¿Qué viene? Despacho sobre el futuro de la Ciencia”, toma prestado un concepto de “Ciudades Invisibles” de Italo Calvino. El cerebro, escribe, es como Kublai Khan, el gran emperador mongol del siglo XIII. Se sienta en el trono del cráneo, “encerrado en silencio y oscuridad”, en un altivo refugio de la brutal realidad. Los mensajeros llegan en torrentes desde cada rincón del reino sensorial, trayendo noticias de vistas, sonidos y olores distantes. Sus informes llegan a diferentes ritmos, a menudo largamente desactualizados, y sin embargo los detalles son cosidos juntos en una cronología sin costuras a la vista. La diferencia es que Kublai Khan estaba recomponiendo el pasado. El cerebro está describiendo el presente –procesando resmas de datos inconexos al vuelo, editando todo en un ahora instantáneo. ¿Cómo lo logra? (…)

En un trabajo publicado en Science en 2000, por ejemplo, Eagleman señaló una ilusión óptica conocida como el efecto de flash-lag. La ilusión puede asumir muchas formas, pero en la versión de Eagleman consiste de un punto blanco que aparece en una pantalla mientras un círculo verde pasa por ella. Para determinar dónde el punto tocará el círculo, descubrió Eagleman, la mente de los sujetos tenía que viajar atrás y adelante en el tiempo. Veían resplandecer el punto, luego miraban el movimiento del círculo y calculaban su trayectoria, luego volvían y ubicaban el punto en el círculo. No era una cuestión de predecir, escribió, sino de post-decir.

Algo similar ocurre en el lenguaje todo el tiempo, me contó Dean Buonomano. Si alguien dice: “El ratón (mouse) sobre el escritorio está roto”, la mente de uno convoca una imagen diferente que si uno oye “el ratón (mouse) sobre el escritorio está comiendo queso”. El cerebro de uno registra la palabra “mouse”, espera por su contexto y sólo después regresa para visualizarla. Pero el lenguaje deja tiempo para pensarlo dos veces. El efecto flash-lag parece instantáneo. Es como si la palabra “mouse” (ratón) fuera cambiada por “track pad” antes, incluso, de haberla oído.

La explanación para esto es, a la vez, simple y profundamente extraña. Eagleman primero la describió cuando veníamos de Houston (…) “Imagine que hay un accidente en la autopista, más adelante”, comenzó. ”Uno de estos autos se estrella contra ese puente”. Si el choque ocurriera 100 yardas más allá, veríamos el auto dar contra el puente en silencio. Al sonido, como al retumbar de un trueno, le tomaría un momento llegar hasta nosotros. Cuando más cerca el impacto, más corta la demora, pero sólo hasta cierto punto: a 110 pies, la visión y el sonido se unirían súbitamente. Bajo ese umbral, explicó Eagleman, las señales llegan al cerebro a 100 milisegundos una de otra, y cualquier diferencia en su procesamiento es borrada. En los primeros días de la televisión, me apuntó Eagleman, las estaciones advirtieron un fenómeno similar. Los ingenieros se metieron en un montón de problemas para sincronizar sonido e imagen, pero pronto se volvió claro que ese perfeccionismo era inútil. En tanto el lapso de diferencia fuera inferior a cien milisegundos, nadie lo notaba.

El margen de error es sorprendentemente amplio. Si el cerebro puede distinguir sonidos tan poco distantes como cinco milisegundos, ¿por qué no advertimos una demora veinte veces más larga? Una posible respuesta comenzó a emerger a fines de los '50, en el trabajo de Benjamin Libet, un fisiólogo de la University of California, en San Francisco. Libet trabajaba con pacientes de un hospital local que habían sido internados para cirugía neurológica y a quienes se había perforado el cráneo para exponer su córtex.

En un experimento, usó un electrodo para someter a un shock el tejido cerebral con pulsos eléctricos. El córtex está conectado directamente con la piel y varias partes del cuerpo, de modo que los sujetos sentían un cosquilleo en el área correspondiente. Pero no enseguida: el shock no era registrado durante medio segundo –una eternidad en tiempo cerebral. “Las implicaciones son muy sorprendentes”, escribió luego Libet. "No somos conscientes del verdadero presente. Llegamos siempre un poco tarde”.

Los hallazgos de Libet han sido difíciles de replicar (hacer zapping en el cerebro expuesto de un paciente no se ve bien en estos días) y aún son materia de controversia. Pero para Eagleman tienen mucho sentido. Como Kublai Khan, dice, el cerebro necesita tiempo para acomodar la historia. Reúne toda la evidencia de nuestros sentidos y sólo entonces nos la revela. En cierto sentido, es una idea profundamente contraintuitiva. Toquen una brasa con los dedos o pínchense con una aguja y el dolor es inmediato. Lo sienten ahora –no en medio segundo. Pero percepción y realidad están a menudo un poco fuera de registro, como mostraba el experimento de movimientos sacádicos. Si todos nuestros sentidos están ligeramente demorados, no tenemos contexto según el cual medir una determinada demora. La realidad es la transmisión demorada de una grabación, cuidadosamente censurada antes de que nos llegue.

“Vivir en el pasado puede parecer una desventaja, pero es un costo que el cerebro está dispuesto a pagar”, dijo Eagleman. “Está tratando de componer la mejor historia posible acerca de lo que ocurre en el mundo, y eso toma tiempo”.

El tacto es el más lento de los sentidos, dado que la señal tiene que atravesar la columna desde tan lejos como el pulgar del pie. Esto podría significar que la demora general está en función del tamaño del cuerpo: los elefantes pueden vivir un poco más en el pasado que los colibríes, y los humanos están en algún punto del medio entre ambos. Cuanto más pequeño es uno, más vive en el momento presente (Eagleman sospecha que la velocidad de un llamado de celo de un animal –desde el piar de un herrerillo al canto de la ballena jorobada—es representativo de su sentido del tiempo). “Mencioné alguna vez esto en una entrevista con National Public Radio y fui inundado por e-mails de gente pequeña”, contó Eagleman. “Estaban tan complacidos. Por un día, fui el héroe de la gente pequeña” (…)

Una de las sedes de la emoción y la memoria en el cerebro es la amígdala, explicó. Cuando algo amenaza tu vida, esta área parece entrar en un super-funcionamiento, registrando hasta el último detalle de la experiencia. Cuanto más detallado el recuerdo, más largo parece el momento. “Esto explica por qué pensamos que el tiempo se acelera cuando nos hacemos más viejos”, indicó Eagleman —por qué los veranos de la niñez parecen no tener fin, mientras que la vejez pasa mientras estamos dormitando. Cuando más familiar se vuelve el mundo, menos información registra el cerebro, y más rápido parece pasar el tiempo (…)

“Recibí e-mails de paracaidistas y policías y conductores de autos veloces, gente que pasó por accidentes de motocicleta o de auto”. Una carta era de un ex curador de un museo que había tirado accidentalmente una vasija Ming. “Contó que a la cosa le tomó una puta eternidad caer de una vez”, contó Eagleman.

En los años por venir, planea estudiar las historias –unas doscientas hasta ahora–, regresando a sus autores con un cuestionario. Mientras tanto, es fácil encontrar hilos comunes –no sólo la sensación de que el tiempo se vuelve más lento, sino la extraña calma y el toque de irrealidad que recuerda de su propia caída en la infancia. En una historia, un hombre es arrojado de su motocicleta después de chocar contra un auto. Mientras se desliza por el camino, quizás hacia su muerte, oye cómo rebota su casco contra el asfalto. El sonido tiene un ritmo pegadizo, piensa, y se descubre componiendo una cancioncita en su cabeza (…)

lunes, 7 de febrero de 2011

Los 6 grandes asesinos de la memoria humana



La memoria es una maravilla de la biología humana. Sin ella, no existiría civilización. Sin embargo, como todo proceso fisiológico, el almacenamiento y la recuperación de la información es imperfecta. La memoria es vulnerable a ciertas fuerzas destructivas (o asesinos de la memoria). Y estas muchas veces las causas tú, como reporta Fox News.

Estas 6 cosas –que pueden ser externas e internas-, afectan cualquier área de la memoria: sensorial, a corto plazo o largo plazo.

Asesinos de la memoria

Fumar

Aunque la mayoría no es consciente del hecho, fumar cigarrillos es un asesino de la memoria. Varios estudios han indicado que los fumadores, sobre todo de mediana edad y ancianos, muestran una mayor disminución de la memoria y la capacidad cognoscitiva en general en comparación con los no fumadores.

Es difícil considerar otros factores de estilo de vida de un fumador que pueden interferir con la mente, como la falta de actividad física; sin embargo, la evidencia contra el tabaquismo es bastante convincente. La marihuana también es mala para la memoria, sobre todo si valoras tu memoria a corto plazo.

Es cierto que la nicotina sí mejora ciertas áreas de la memoria a corto plazo (pero solo temporalmente). A largo plazo, el cigarro causa deterioro mental.

Desnutrición

Al igual que cualquier motor bien afinado, tu cerebro necesita combustible, especialmente la glucosa. Si estás corto de combustible, disminuye el poder del cerebro. Sin embargo, para la mayoría, esto no es ninguna sorpresa, ya que todos hemos sentido esa sensación densa y brumosa cuando estamos cansados o con hambre excesiva.

Además de la desnutrición general, se produce un trastorno más grave en aquellos individuos cortos en tiamina (vitamina B1): El síndrome de Korsakoff. Causado con frecuencia por el alcoholismo crónico o la desnutrición, el síndrome de Korsakoff puede conducir a graves episodios de amnesia incluyendo confabulación (una situación donde los recuerdos inventados son considerados como verdaderos debido a las lagunas en la memoria por “los apagones”).

Herpes

El herpes es una de aquellas condiciones de salud o trastornos (como la enfermedad de Alzheimer, derrame cerebral o depresión) que pueden ser verdaderos asesinos de la memoria. Aunque la mayoría de los casos de herpes no te hará olvidar el nombre de tu compañero de trabajo o donde dejaste tus llaves, una forma más grave de la infección conocida como encefalitis del herpes simple puede causar la pérdida severa de la memoria, a veces como una señal de advertencia primero, seguido por una multitud de otros síntomas letales.

La encefalitis causada por el herpes es una inflamación del cerebro, y es una de las infecciones más graves del sistema nervioso central humano. Afortunadamente, estos casos son muy raros. Solo suceden cuando el virus del herpes encuentra su camino hacia el cerebro humano a través de los nervios de la cara.

Tomar en exceso

Si bien no es un secreto grande que una noche de alcohol causa la pérdida de memoria aguda ("perder el conocimiento", como se le conoce, o “borrar cassette”), el consumo excesivo de alcohol, en cambio, afecta la memoria de todos los días en los adultos jóvenes y puede incluso tener un efecto vez mayor en la edad adulta. Aunque es necesario un estudio más profundo para entender completamente los detalles, el mensaje sigue siendo muy claro: Si bebes, que no sea en exceso.

Hipnosis

Las cosas que se hacen bajo hipnosis tienden a ser olvidadas. Es realmente tan simple como eso. Este fenómeno se conoce como amnesia post-hipnótica y se dice que sólo se produce en individuos que están pre-condicionados con la idea de que se olvidará todos los eventos que ocurrirán durante la hipnosis. El efecto, sin embargo, es sólo temporal, y la mayoría de eventos se pueden recuperar una vez que se da una señal específica.

Por el contrario, la hipnosis a veces se puede utilizar para recuperar los recuerdos reprimidos u olvidados en personas que están en necesidad de exponerlos. Algún día, pronto, podría existir la tecnología necesaria para recuperar recuerdos sin la necesidad de la hipnosis.

Eventos estresantes

Todo el fundamento del psicoanálisis se basa en la idea de que cuando algo terrible sucede, la mente arrincona estos recuerdos en huecos inaccesibles. Si bien no se puede negar que los eventos estresantes conducen a la represión de la memoria, la idea de que una memoria reprimida es auténtica tiene enormes implicaciones, en particular las de carácter legal. De hecho, la represión de la memoria está tan disputada que la Asociación Americana de Psicología sostiene que no es posible distinguir un recuerdo reprimido de una memoria falsa sin ningún tipo de evidencia que lo corrobore.

martes, 28 de diciembre de 2010

COEFICIENTE INTELECTUAL Y LA NITIDEZ O CANTIDAD DE LOS RECUERDOS EN LA MEMORIA DE CORTO PLAZO

Neurología
Martes, 28 de Diciembre de 2010 09:20

Una persona recuerda correctamente cuatro de ocho objetos vistos recientemente, pero sus recuerdos sobre los detalles de cada objeto son vagos e imprecisos. Otra persona recuerda sólo dos de los objetos pero con muchos detalles de cada uno. ¿Cuál de las dos capacidades de recordar se relaciona con un mayor Coeficiente Intelectual?

Foto: U. Oregon

De acuerdo con un estudio de la Universidad de Oregón, la respuesta es muy clara: Un mayor número de objetos almacenados en la memoria de corto plazo está relacionado con una mayor inteligencia fluida, medida en las pruebas de Coeficiente Intelectual (CI). La mayor precisión de detalles, aunque es importante en muchas situaciones, no muestra ninguna relación con la inteligencia fluida.

La idea de que el número de elementos almacenados en la memoria, más que la riqueza de detalles de cada uno, es de vital importancia en la memoria de corto plazo, se ha demostrado en estudios previos de la Universidad de Oregón. Dichos estudios desvelaron que las personas, por lo general, tenemos una capacidad para almacenar temporalmente de tres a cinco elementos en la memoria de corto plazo. Investigaciones anteriores han demostrado que la capacidad de la memoria de corto plazo es un predictor fiable del Coeficiente Intelectual de un individuo.

Sin embargo, en el nuevo estudio, el equipo de Edward Awh y Keisuke Fukuda examinaron mejor la cuestión a fin de determinar qué aspectos de la capacidad de memoria explican la relación con la inteligencia fluida.

Según los autores, el cuán bien puede una persona detectar pequeños cambios es importante, pero es un reflejo de la experiencia de cada persona en dominios específicos de la percepción. Por ejemplo, mientras que los caracteres japoneses pueden parecer iguales a una persona occidental, los lectores japoneses verán fácilmente las diferencias entre los distintos caracteres.

El descubrimiento de que la capacidad de captar muchos detalles no influye en el Coeficiente Intelectual de una persona no significa que la nitidez de la memoria tenga poca importancia, tal como advierten los autores.

La importancia de la claridad o nitidez de las cosas recordadas es de hecho vital, por ejemplo, para un radiólogo que examina las imágenes de los órganos internos de un paciente con signos potenciales de enfermedad.

Scitech News

lunes, 6 de diciembre de 2010

COMO EL DORMIR REFUERZA LA MEMORIZACION DE CONOCIMIENTOS APRENDIDOS DURANTE LA JORNADA

Psicología
Martes, 30 de Noviembre de 2010 10:24

Un nuevo estudio realizado por investigadores de las universidades de York y Harvard indica que el sueño ayuda a las personas a recordar palabras recién aprendidas e incorporar nuevo vocabulario a su "diccionario mental".

Los investigadores enseñaron a los voluntarios palabras nuevas al atardecer. Justo después de acabada la lección, se les sometió a un test para comprobar qué habían aprendido. Los voluntarios durmieron toda la noche en el laboratorio, mientras su actividad cerebral quedaba registrada mediante electroencefalograma. A la mañana siguiente se les sometió a un nuevo test sobre la lección del atardecer. Este test reveló que podían recordar más palabras que inmediatamente después de la lección, y además las podían reconocer con mayor rapidez, todo lo cual demuestra que el dormir había fortalecido en ellos los nuevos recuerdos.

Esto no ocurrió en un grupo de control con voluntarios que fueron instruidos durante la mañana y a quienes se les sometió al segundo test al atardecer, sin haber dormido en ese lapso de tiempo.

Un examen de las ondas cerebrales de los voluntarios registradas mientras dormían, demostró que dormir profundamente (la fase de sueño de ondas lentas) era lo que ayudaba a fortalecer los recuerdos nuevos. La fase de sueño de movimientos oculares rápidos (REM) o sueño ligero no parecía intervenir en el proceso.

Cuando los investigadores examinaron si las nuevas palabras se habían integrado al conocimiento existente en el "diccionario mental", descubrieron la participación en el proceso de un tipo diferente de actividad en el cerebro dormido: ráfagas breves pero intensas de actividad cerebral que reflejan la transferencia de información entre los diferentes almacenes de recuerdos en el cerebro (el hipocampo en las profundidades del cerebro, y el neocórtex en la superficie).

Los recuerdos en el hipocampo se almacenan separados de otros recuerdos, mientras que los recuerdos en el neocórtex se conectan con otros conocimientos.

Los voluntarios que experimentaron más de estas ráfagas breves pero intensas de actividad cerebral mientras dormían, tuvieron más éxito al conectar las nuevas palabras con el resto de vocablos en su léxico mental, lo que sugiere que las nuevas palabras fueron transmitidas desde el hipocampo al neocórtex durante el sueño.

En el estudio han trabajado Gareth Gaskell, del Departamento de Psicología de la Universidad de York, y Jakke Tamminen de la Universidad de Harvard (ahora en la de Manchester).

Scitech News

lunes, 20 de septiembre de 2010

¿Cuál es la capacidad de memoria del cerebro humano?

Referencia: ScientificAmerican.com, por Paul Reber

¿Existe un límite físico a la cantidad de información que puede almacenar?
- J. Hawes, Huntington Beach, California

Responde Paul Reber, profesor de psicología de la Universidad Northwestern.



"¿Puede excusarme, señor Osborne? Mi cerebro está lleno", le pedía un estudiante a su maestro, en una clásica tira cómica de Gary Larson. La impasible respuesta a esta pregunta sería: "Pues no, casi seguro que tu cerebro no está lleno". Aunque debe haber algún límite físico relativo a cuánta memoria puede almacenar, aún así, es extremadamente grande. No debe preocuparse por quedarse sin espacio a lo largo de su vida.

El cerebro humano está formado por unas mil millones de neuronas. Cada neurona crea unas 1.000 conexiones con otras neuronas, lo que asciende a más de un billón de conexiones. Si cada neurona sólo puede almacenar un solo recuerdo, la falta de espacio sería un problema. Andaríamos sólo con unos cuantos gigabytes de espacio de almacenamiento, similar al espacio de un iPod o de una unidad flash USB. Sin embargo, las neuronas se combinan de modo que cada una contribuye con muchos recuerdos a la vez, aumentando de manera exponencial la capacidad de almacenamiento del cerebro a algo más cercano a 2,5 petabytes (1 Pb= 1 millón de gigabytes). Por comparación, si su cerebro funcionara como un grabador de vídeo digital de un televisor, los 2,5 petabytes serían suficientes para almacenar tres millones de horas de programas de televisión. Vamos, que tendrías que dejar el televisor funcionando continuamente durante más de 300 años para agotar todo lo almacenado.

La capacidad de almacenamiento del cerebro para memorizar es difícil de calcular de manera exacta. En primer lugar, no sabemos cómo medir el tamaño de una memoria. En segundo lugar, ciertos recuerdos participan de más detalles y, por tanto ocupan más espacio, y otros recuerdos se olvidan, así que liberan espacio. Además, también hay alguna información que simplemente no vale la pena recordar.

Esto es una buena noticia, porque nuestro cerebro se mantiene al día a medida que buscamos nuevas experiencias en nuestra vida. Si la vida humana se amplía de manera significativa ¿podríamos llenar nuestros cerebros? Tampoco estoy seguro. Pregúntame de nuevo dentro 100 años.

lunes, 23 de agosto de 2010

Meditar con técnicas tradicionales chinas mejora la conectividad cerebral y el autocontrol

Para los investigadores "este nuevo hallazgo podría ser importante para campos como la educación, la salud y la neurociencia y el público en general"

Los diferencias en la conectividad comenzaron después de seis horas de entrenamiento y se volvieron más claras después de 11 horas de práctica


Dedicar once horas a meditar utilizando técnicas para entrenar cuerpo y mente genera cambios estructurales positivos en la conectividad del cerebro, despertando una parte de la mente que ayuda a la persona a regular su comportamiento para conseguir sus objetivos, según un trabajo realizado por investigadores de la Universidad de Oregon (UO), en Estados Unidos, y publicado esta semana en 'Proceedings of the National Academy of Sciences'. Según los investigadores, "este nuevo hallazgo podría ser importante para campos como la educación, la salud y la neurociencia, así como para el público en general".

La técnica IBMT ha sido estudiada por un equipo de investigadores chino dirigido por Yi-Yuan Tang, de la Universidad de Tecnología Dalian, en colaboración con el psicólogo de la UO Michael I. Posner. Se trata de una adaptación de la medicina tradicional china realizada en los 90 en este país, donde es practicada por cientos de personas.

Un total de 45 estudiantes de la UO -- 28 hombres y 17 mujeres-- participaron en esta investigación. De ellos, 22 individuos aprendieron las denominadas técnicas de entrenamiento integral del cuerpo y la mente (IBMT, por sus siglas en inglés), mientras que 23 participantes, miembros del grupo de control, recibieron la misma cantidad de entrenamiento de relajación.

Durante el experimento, sus autores utilizaron un tipo de resonancia magnética denominada imágenes con tensor de difusión, que les permitió observar las fibras que conectan las distintas partes del cerebro antes y después del entrenamiento.

Los cambios fueron mayores en las conexiones relacionadas con el cíngulo anterior, un área del cerebro relacionada con la habilidad para regular las emociones y el comportamiento. Estos cambios fueron observados sólo en aquellas personas que practicaron meditación, no en el grupo de control.

PRIMEROS CAMBIOS, A LAS SEIS HORAS

Los diferencias en la conectividad comenzaron después de seis horas de entrenamiento y se volvieron más claras después de 11 horas de práctica. Los investigadores dicen que es posible que los cambios resultantes de la reorganización de los tactos de la sustancia blanca o a través de un incremento de la mielina que rodea las conexiones.

Según Posner, premiado con la Medalla Nacional de la Ciencia, "la importancia de estos descubrimientos está relacionada con la habilidad de realizar cambios estructurales en la red del cerebro relacionada con la autorregulación".

"El camino que supone el mayor cambio por las técnicas de IBMT es uno que previamente ha demostrado estar identificado con diferencias individuales en la habilidad de cada persona para regular conflictos", dice.

En 2007, en 'PNAS', Tang y Posner documentaron que practicar técnicas de IBMT durante los cinco días antes de un examen de cálculo mental reducía los niveles de estrés de la hormona cortisol entre un grupo de estudiantes chinos. Este grupo experimental demostró también tener menores niveles de ansiedad, depresión, enfado y fatiga que los estudiantes de control.

En 2009, en 'PNAS', Tang y un grupo de investigadores chinos, en colaboración con Posner y el profesor de Psicología de la UO Mary K. Rothbart, descubrió que los individuos que practicaban IBMT en China tenían mayor circulación sanguínea en la corteza cingular anterior derecha tras recibir, durante 20 minutos diarios durante 5 días, este entrenamiento.

En comparación con el grupo de relajación, los sujetos que practicaban IBMT tenían también un menor ritmo cardíaco y conductancia de la piel, la capacidad de un cuerpo de permitir el paso de la corriente eléctrica.

Los últimos descubrimientos sugieren la posibilidad de que un entrenamiento adicional pueda generar cambios estructurales en el cerebro, lo que lleva a la necesidad de nuevas investigaciones, según Tang y Posner. En la actualidad, están tratando de averiguar si una exposición mayor a las técnicas de IBMT puede producir cambios positivos en el tamaño del cíngulo anterior.

Los déficit en la actividad del cortex cingular anterior han sido asociadas a los desórdenes por déficit de atención, la demencia, la depresión, la esquizofrenia y otros desórdenes similares. Según Tang, "este nuevo hallazgo podría ser importante para campos como la educación, la salud y la neurociencia, así como para el público en general", ya que sugiere la utilidad del IBMT como medio para entender como entrenan las influencias en la plasticidad cerebral.

martes, 17 de agosto de 2010

La ciencia revela por qué es tan difícil olvidar un gran amor

15/08/10

Produce un “conflicto cerebral” que lo hace imborrable. Estudios de neurobiología demuestran que una relación amorosa intensa crea en el cerebro impresiones residuales que se reactivan fácilmente. Cuanta más información se grabó, más vívidos son los recuerdos.

Suspira ella, llamémosla Paula, y dice que ya pasó un año de la noche en la que se abrazaron y decidieron terminar con esa relación. Y que a pesar de haber bajado miles de veces a cavar en su tristeza, hay recuerdos que todavía se activan con el olor del aceite de oliva o con esa canción. Dice que en el cuerpo esos recuerdos se sienten como el amor –aunque nunca más distinto–: un nudo en el estómago, palpitaciones, dolor de pecho. Lo que no sabe es que si esas imágenes insisten en volver es porque no todo depende de la voluntad de olvidar: existe un circuito neurológico que fija con más intensidad los recuerdos que fueron incorporados de la mano de un fuerte contexto emocional . Este ovillo es el que está empezando a desenredar la neurobiología para explicar por qué resulta tan difícil olvidar a un gran amor.

“Desde el punto de vista neurológico, quedarse solo durante un tiempo no ayuda a superar el fin de una relación”, dice Antoine Bechara, un neurobiólogo reconocido mundialmente por sus investigaciones sobre las funciones cerebrales que intervienen en la toma de decisiones. Se refiere a que estar solo después de una separación o tapar todo con una nueva pareja no evita que el cerebro siga enviando recuerdos . Lo que Bechara investigó es lo que llama “conflicto cerebral”: por un lado la relación se termina; por otro, el cerebro sigue disparando imágenes y reacciones corporales. Para estudiarlo, los neurobiólogos utilizan la Resonancia Magnética Funcional, una técnica que les permite determinar qué áreas cerebrales desempeñan ciertas funciones, como el habla, el movimiento y la sensibilidad.

¿Qué hace que un recuerdo quede sellado a fuego? “En el lóbulo temporal hay dos estructuras. Una se llama hipocampo y por allí pasa la memoria declarativa, es decir, desde acordarse qué día es hoy hasta la cara de una pareja. Al lado hay otra llamada amígdala, que contiene a la memoria emocional. Para que la información declarativa pase por el hipocampo y se distribuya en el cerebro, debe haber un contexto emocional: por ejemplo, una situación atípica y desconocida vivida con ese gran afecto. Cuando la amígdala detecta ese contexto emocional envía neurotransmisores al hipocampo. Así se incorpora en la memoria como fenómeno de fijación”, detalla Ignacio Brusco, director del Centro de Neurología de la Conducta y Neuropsiquiatría de la UBA.

¿Por qué entonces, aun después de un largo tiempo, vuelven esas imágenes y esas sensaciones que secuestran al cuerpo? “Es la amígdala que sigue respondiendo con descargas emocionales involuntarias, como el dolor en el estómago o las palpitaciones”, dice Brusco.

Y no pasa lo mismo cuando se trata de un romance pasajero que con un verdadero amor : “Cuanto mayor sea la información que se grabó hacia ese afecto, en cantidad o calidad, más grabado va a estar en la amígdala y más reacciones va a seguir enviando. Estos recuerdos pueden aparecer como imágenes pero también como olores, sensaciones auditivas y como procesos de pensamiento”, agrega. Quienes aún están transitando el año que suele demorar un duelo amoroso (ver “ Las claves ...”) saben lo que duelen esos olores.

Cruzarse con una ex pareja y sentir cómo se despliega una catarata de recuerdos vívidos (aunque él o ella ni nos haya visto), también es frecuente. Para explicarlo, Ezequiel Gleichgerrcht, neurobiólogo del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO), cita la hipótesis de Antonio Damasio, otro prestigioso investigador en neurociencias: “Según su hipótesis del ‘marcador somático’ hay experiencias que gatillan señales químicas en nuestro organismo. Por ejemplo: si caminamos por el campo y por primera vez en la vida nos cruzamos con una víbora que abre la boca y se abalanza hacia nosotros, se disparará un conjunto de moléculas que quedarán asociadas a la sensación del miedo. Si nos volvemos a cruzar con una víbora volverá a gatillarse este patrón y nos producirá la misma sensación de miedo aunque ni siquiera abra la boca”. ¿Le dijo víbora a la ex? No. “Aunque este modelo aún está siendo debatido, podemos comprender por qué ciertas emociones, positivas o negativas, pueden perdurar cuando nos exponemos a la persona que generó esos sentimientos”.

Así, la frase hecha “el tiempo ayuda a olvidar” también tiene su explicación científica : “Con el tiempo, cuando las conexiones cerebrales que facilitan la revisión de situaciones críticas y emociones negativas se saturan, pueden sufrir lo que se llama ‘down regulation’: una disminución de los neurotransmisores en la zona de intercambio neuronal. Esto explicaría por qué los recuerdos vinculados a alguien importante van perdiendo peso”, dice Claudio Waisburg, neurólogo del la Fundación Favaloro. Tiempo al tiempo.

sábado, 7 de agosto de 2010

La persistencia de la memoria… en células reprogramadas
Escrito por Kanijo en Biologí­a, Medicina, tags: células madre, reprogramación

Glóbulos rojosComo uno de Texas que mantiene su acento después de mudarse a California, las células adultas reprogramadas para parecerse a células embriónicas mantienen algunas firmas del tejido del que procedían. Este mensaje, proporcionado por dos estudios publicados hoy, son tanto buenas como malas noticias para los investigadores que esperan usar las células madre pluripotentes inducidas (células iPS) para estudiar enfermedades y algún día, tal vez, tratar a pacientes.

Las técnicas de reprogramación celular han revolucionado el campo de las células madre. Activando distintos genes en células adultas, los científicos pueden transformar células de la piel o la sangre que pueden convertirse en cualquier tipo de célula del cuerpo — sin las complicaciones éticas o prácticas de usar embriones u oocitos. Estas células iPS ya están haciendo posible estudiar enfermedades de nuevas maneras, y generan la esperanza de que algún día un paciente pueda usar sus propias células para tratar una enfermedad. Pero conforme los científicos estudian y usan las células iPS, va quedando cada vez más claro que las células reprogramadas no funcionan exactamente igual que las células madre tradicionales derivadas de embriones.

Dos nuevos estudios documentan una razón de por qué: Las células adultas mantienen memoria de su tejido original incluso después de haber sido reprogramadas en células iPS. George Daley del Hospital de Boston para Niños y sus colegas descubrieron esto cuando estaban estudiando la capacidad de distintos tipos de células madre para crear sangre. A pesar de múltiples intentos, no pudieron lograr células iPS creadas a partir de fibroblastos (células de tejido conectivo encontradas en la piel) para crear células sanguíneas. Cuando crearon las células iPS a partir de células sanguíneas, sin embargo, las células reprogramadas generaron gran cantidad de sangre. Posteriores experimentos demostraron que cada línea de células iPS tenía un patrón distinto de metilación de ADN, una cobertura molecular del ADN que activa o desactiva genes en la célula. Los investigadores informan en Nature que las células iPS retienen patrones de metilación típicos del tipo de célula del que proceden. Incluso distintos tipos de células sanguíneas crean tipos ligeramente distintos de células iPS, según encontraron los investigadores.

En un artículo relacionado publicado on-line en Nature Biotechnology, Konrad Hochedlinger del Instituto de Células Madre de Harvard en Cambridge y sus colegas compararon los patrones de expresión de genes en células iPS de ratones derivadas de leucocitos, células precursoras de músculos, células del sistema inmune conocidas como células B, y fibroblastos tomados de las puntas de las colas. (Tuvieron cuidado en comparar las células tomadas de ratones genéticamente idénticos). Encontraron que podían identificar el origen del tejido de cada línea de células iPS simplemente observando la expresión de genes de la célula – al menos en las células iPS recién creadas. Pero estas diferencias desaparecían con el tiempo. Tras 3 meses, los patrones de expresión genética en distintas células iPS eran indistinguibles, según encontró el equipo. No está claro exactamente por qué desaparecen las diferencias, pero puede deberse a que los genes embriónicos se refuerzan conforme las células crecen en el cultivo, sobrescribiendo gradualmente los viejos patrones de expresión genética de las células.

Las observaciones añaden más peso a la teoría de que la transformación de ADN de células adultas a su estado embriónico es un proceso de reprogramación gradual, comenta Hochedlinger. Y sugiere que las células madre derivadas de embriones deberían seguir siendo la referencia principal para las células iPS cuando los investigadores quieren comparar cómo se comportan las células de pacientes enfermos, dice Nissim Benvenisty de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que ha estudiado las diferencias entre células ES e iPS derivadas de portadores del síndrome de la X frágil. A la vez, el efecto de memoria celular “probablemente ofrece una nueva dimensión a la utilidad de las células iPS”, dice Benvenisty. Por ejemplo, comenta, las células iPS creadas a partir de pacientes con síndrome de la X frágil, pueden ayudar a los científicos a comprender cómo el error en la metilación en esa enfermedad afecta al desarrollo de las células cerebrales.
Autor: Gretchen Vogel
Fecha Original: 19 de julio de 2010
Enlace Original

lunes, 7 de junio de 2010

AL DORMIR, SOÑAR CON LO ESTUDIADO ES SEÑAL DE UN APRENDIZAJE MAS SOLIDO

Psicología

Un experimento ofrece pruebas adicionales de que se debería incluir el dormir lo suficiente (y soñando) en las estrategias para lograr hábitos de estudio eficaces. El equipo de investigación que llevó a cabo el experimento ha comprobado que las personas que al dormir sueñan con la tarea que acaban de aprender, tienen un mejor rendimiento después de despertarse que quienes no duermen o que quienes duermen pero no sueñan con la tarea.

A los voluntarios del estudio se les pidió que se sentaran frente a la pantalla de un ordenador y memorizaran el trazado de un laberinto tridimensional de modo que pudieran encontrar el camino que llevaba hasta un árbol cuando fueran dejados cinco horas después en una ubicación aleatoria dentro del espacio virtual.

Las personas a las que se les permitió dormir y además tuvieron constancia de haber soñado con la tarea, encontraron el árbol en menos tiempo.

Sin embargo, tal como advierte Robert Stickgold de la Escuela de Medicina de la Universidad Harvard, el contenido de los sueños en sí mismo no parece ser de gran ayuda, pues no constituyó un repaso mental de datos verídicos y útiles.

En un par de casos, los que soñaron rememoraron en sus sueños sólo la música del laberinto virtual. Un individuo soñó que había personas en puestos de control dentro del laberinto, aunque el real no tenía personas ni puestos de control. No faltaron sueños más fantasiosos, incluyendo recreaciones del laberinto como cavernas llenas de murciélagos.

Los autores del estudio piensan que los sueños son un indicador de que el cerebro está trabajando sobre el mismo problema en diversos ámbitos. Los sueños podrían reflejar el intento del cerebro de encontrar asociaciones para los recuerdos que puedan hacerlos más útiles en el futuro.

En otras palabras, no es que los sueños conduzcan hacia una mejor memorización, sino que son una señal de que otras partes del cerebro están trabajando duro para recordar cómo avanzar por el laberinto virtual. Los sueños son básicamente un efecto secundario de ese proceso de memorización.

Scitech News

lunes, 3 de mayo de 2010

El cerebro tiene capacidad máxima???

Hace algunas semanas, publicamos "las profesiones del futuro", publicación en que comentamos un estudio de la consultora Fast Future, el cual entrevistó a 486 expertos de 50 países, preguntándoles cuales creían iban a ser las profesiones "boom" en el año 2030.
De los resultados obtenidos se generó un TOP 20 (revísenlo aquí), en el cual, apareció un trabajo que se definía como "Cirujanos para el aumento de la memoria".
A publicación, entre los comentarios que los lectores realizaron, uno de ellos,"Anónimo" comentó lo siguiente "... la memoria humana no ocupa espacio, no somos computadoras..." , lo cual para mí, es totalmente lógico... La memoria humana no ocupa espacio...

Pero, es así realmente?? la memoria humana no ocupa espacio?? y donde quedan guardados los recuerdos, aprendizajes y experiencias vividas?? en el aire ? entre tongoy y los vilos?... es una gran pregunta que no sabía si tenía respuesta, al parecer no o por lo menos eso pensaba...
Me puse a buscar en internet, y lo primero que encontré, fue con la publicación titulada "Cuántos gigabytes caben en el cerebro humano", del sitio Alt1040 ... los datos entregados me llamaron mucho la atención, y seguí el vínculo hasta llegar a la publicación original... Para mí sorpresa, esta publicación viene desde la revista "Scientific american", la cual en su publicación "What the memory capacity of the human braine", entrevistan al Ph.D Paul Reber, Académico del Departamento de Psicología de la Universidad de NorthWestern. En ésta, el profesor hace el siguiente análisis...

El Cerebro está formado por 1 billón de Neuronas, y cada una genera alrededor de 1000 conexiones con otras neuronas, llegando así a más de un trillón de conexiones... entonces, el cerebro podría producir una capacidad máxima de 2.5 petabytes, es decir, más de un millón de Gigabytes de información... Si lo llevamos a horas de video, podríamos homologarlo a grabar ininterrumpidamente 300 años de video. Ahora, esto sería así, en el caso de que el cerebro ocupase su capacidad hasta agotarse. Al considerar que el cerebro integra recuerdos, borra recuerdos, etc... la capacidad es incalculable.

Me llamó la atención el cálculo que realiza este académico, y traté de encontrar cómo aproxima el "uso de bytes" para cada neurona, y no encontré nada... Sólo uno de los comentarios que realizan en la misma publicación, en el cual, Tom Greene plantea que: "cada sinapsis se puede describir en aproximadamente 100 bits: 30 bits para identificar a las neuronas A, 30 bits para la neurona B, y 40 bits para la información interna en la sinapsis"

¿pero cómo calcula que la cada sinapsis utiliza 100 bits? Debo decir, que la información no me deja muy conforme sobre la capacidad eventual del cerebro... entonces:

¿Existe una capacidad máxima de almacenamiento de info en el cerebro?
¿Podríamos eventualmente en el futuro, aumentar esta capacidad?
Si esta capacidad es prácticamente infinita ¿para qué amplificarla?
¿¿Que piensan ustedes?? ¿¿alguien tiene más datos??

miércoles, 24 de febrero de 2010

MAYOR CAPACIDAD EN GENTE MAYOR PARA MEMORIZAR COINCIDENCIAS APARENTEMENTE IRRELEVANTES


Un nuevo estudio aporta evidencias prometedoras de que la menor capacidad que los cerebros de la gente mayor tienen para descartar informaciones irrelevantes podría dar a las personas de la tercera edad una ventaja en ciertas tareas de memorización sobre los adultos jóvenes.

Una extensa línea de investigación ya había mostrado que el envejecimiento está asociado con una menor capacidad para descartar informaciones irrelevantes. Ahora, unos científicos del Instituto Rotman de Investigaciones, dependiente del Centro Baycrest para el Cuidado Geriátrico, han demostrado que cuando las personas de edad avanzada "hipercodifican" informaciones superfluas (y típicamente lo hacen sin ni siquiera darse cuenta) tienen la capacidad única de "hiperconectar" las informaciones; esencialmente las asocian con otras informaciones que aparecen al mismo tiempo.

En otras palabras, los científicos han constatado que los cerebros de las personas mayores no sólo son menos propensos a suprimir informaciones irrelevantes que los cerebros de los adultos jóvenes, sino que pueden asociar los datos relevantes e irrelevantes y transferir implícitamente este conocimiento a tareas de memoria subsiguientes.

Los experimentos del estudio se realizaron sobre 24 adultos jóvenes (con edades de entre 17 y 29 años) y 24 personas mayores (de 60 a 73 años).

Las personas mayores mostraron una ventaja de un 30 por ciento sobre los adultos jóvenes en el aspecto citado de la capacidad de memorización.

Esa capacidad reducida de bastantes personas mayores para filtrar datos que les permite memorizar coincidencias aparentemente irrelevantes con mayor eficacia que las personas jóvenes, dota a la gente de la tercera edad de una cualidad que es crucial en ciertos trabajos intelectuales.

El estudio ha sido dirigido por Karen Campbell, de la Universidad de Toronto, con la supervisión de la Dra. Lynn Hasher del Instituto Rotman.

Scitech News

domingo, 21 de febrero de 2010

El cerebro debe borrar recuerdos antiguos para crear otros nuevos


Un estudio con moscas realizado por científicos de la Universidad de Tsinghua, (China) sugiere que eliminar recuerdos es importante para que el cerebro pueda fabricar nuevos. Los resultados de la investigación se publican en Cell.

"El aprendizaje activa la formación bioquímica de recuerdos", señala Yi Zhong, de la Universidad de Tsinghua (China). "Pero es necesario borrar recuerdos anteriores para almacenar información nueva".

Los investigadores han identificado el comportamiento molecular que conlleva este proceso con una pequeña proteína denominada Rac. A nivel psicológico, sugieren la teoría de que los nuevos recuerdos son simplemente inestables y desaparecen con el paso del tiempo, aunque también proponen que la nueva información podría anular los recuerdos anteriores. Con este estudio se ha demostrado que ambas teorías son acertadas.

Para la investigación, las moscas fueron entrenadas para aprender dos olores aversivos. Se seleccionó uno de los olores y cada vez que las moscas lo olían, recibían un golpe. Normalmente, las moscas aprenderían a evitar ese olor. Después, los investigadores interferían en ese aprendizaje incluyendo dos nuevos olores, y finalmente invertían el proceso dando un golpe a aquellos insectos que olían el aroma opuesto.

En todos los casos, las moscas olvidaban lo que habían aprendido anteriormente mediante la proteína Rac. "Los resultados pueden ayudarnos a identificar los principios que sigue el cerebro para fabricar nuevos recuerdos", señala Zhong.

miércoles, 13 de enero de 2010

Aumentan los problemas de memoria en los jóvenes


Estudiar y trabajar. Mantener el propio hogar o ayudar a la familia. Cuidar a la pareja y a los amigos. Proyectar un futuro mejor y mientras, surfear el presente. Hoy, los jóvenes tienen la agenda completa y la memoria, confirman los especialistas, comienza a fallar. La razón de estas "lagunas mentales", tiene nombre: el estrés, enemigo invisible que corroe las cabezas y los cuerpos, y que ya dejó de ser patrimonio exclusivo de los adultos. La preocupación de los especialistas consultados por Clarín es que muy pocos registran que se olvidan actividades o que les cuesta concentrarse porque están agotados o muy presionados. Y si la consulta no se hace a tiempo, es más difícil revertir el cuadro.

"Me olvidé lo que te estaba diciendo". "¿Cerré la puerta con llave?". "No llego al parcial, mejor lo dejo para más adelante". Frases típicas, según los especialistas, que pintan los motivos de consulta de muchos jóvenes de entre 20 y 30 años. Aunque las estadísticas en el país son pobres -y hasta inexistentes-, los expertos aseguran que hoy el estrés se instala antes de llegar a la adultez. "Las consultas de jóvenes de entre 18 y 30 años crecieron un 30%. Y siguen en aumento", reconoce Daniel López Rosetti, presidente de la Sociedad Argentina de Medicina del Estrés (SAMES).

"Es muy común que se presenten pacientes jóvenes, ejecutivos o estudiantes universitarios con dificultades para memorizar, que postergan tareas o, directamente, evitan dificultades", afirma Fernando Torrente, jefe de Psicoterapia Cognitiva del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO). "El hipocampo, región fundamental para el correcto funcionamiento de la memoria, es sumamente sensible a los efectos del estrés. Está asociado con la capacidad de lograr memoria y adquirir nueva información. El estrés afecta la capacidad de aprender cosas nuevas", resume Facundo Manes, de INECO y del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro.

En una investigación internacional realizada por el canal de música MTV Latinoamérica el año pasado, el 65% de los chicos de entre 20 y 24 años dijo que vive más estresado que su padre a su edad. Pero, ¿qué les preocupa? "Su inserción laboral y conservar el trabajo, porque nadie les garantiza la permanencia. Los inquieta su identidad -no poder responder 'quién soy'- y su identidad sexual. También los moviliza la fractura de la ilusión de familia ideal: en un mercado laboral que se plantea como 'el juego de la silla', ¿quién puede asegurarse una pareja, hijos, casa, auto, perro?", plantea Andrés Rascovsky, médico psicoanalista y presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

"La primera falla en la memoria es que como no se puede sostener la atención, hay cosas que se vuelven no memorizables. Es como decir 'tengo el disco rígido lleno'. Estar alerta a tantos estímulos, hace que la atención sea más limitada y, por ende, la memoria más débil", señala Andrea Homene, psicoanalista e integrante de la Red Provincial de Salud Mental en Incidentes Críticos (PROSAMIC).

La juventud, coinciden todos, es un tesoro que hay que cuidar. Por eso ante los primeros síntomas, hay que consultar con el médico. "Lamentablemente, la gente nota que vive estresada cuando ya lleva mucho tiempo sufriendo. El estrés puede dejar secuelas físicas y psíquicas y cuanto más tardía es la consulta, más difícil es revertir el cuadro", avisa Daniel Mosca, director de la Sociedad Argentina de Psicotrauma (SAPsi).

¿Cómo tratarlo? "El tratamiento de un trastorno de memoria en un joven depende de un buen diagnóstico que explique el porqué de la pérdida de memoria. Tratando la causa, el cuadro debería mejorar", apunta Facundo Manes. Y agrega: "Sin dudas, cambiar ciertos hábitos de la vida cotidiana contribuyen a mantener el cerebro saludable y a reducir el riesgo de padecer deterioro cognitivo". Cuidar la dieta incorporando alimentos variados con bajo contenido de grasas, hacer actividad física diariamente, chequear con el médico el estado de la presión y evitar el tabaco y el alcohol son algunos de los consejos.

Tecnología para 'obligar' al cerebro a desvelar todos sus secretos

Recreación en 3D de una neurona realizada por Sebastián Lasserre. (Imagen: El Mundo)

Recreación en 3D de una neurona realizada por Sebastián Lasserre. (Imagen: El Mundo)

MADRID.- Luz para estimular neuronas, marcadores biológicos que rastrean el Alzheimer y técnicas que 'fotografían' el sistema nervioso en acción. ¿se avecina una era de grandes descubrimientos?

Los neurocientíficos se exprimen al máximo el órgano cuyo funcionamiento quieren desentrañar y buscan métodos de investigación que les revelen las verdades que el cerebro se resiste a contarles. Los resultados de tanto esfuerzo van emergiendo y, al menos para los profanos en la materia, algunos avances resultan espectaculares. La revista 'Science' dedicaba recientemente un suplemento especial a las herramientas y las corrientes de investigación más prometedoras. Basten unos cuantos ejemplos:

El lugar de la memoria. ¿Los recuerdos se guardan de forma aleatoria o existen mecanismos específicos que determinan a qué lugar va a parar cada pedazo de memoria dentro de una red neuronal? Los últimos hallazgos se inclinan por la segunda opción. Por otro lado, se cree que existe un proceso de competencia que mantiene constante el número de neuronas que codifican cada recuerdo. Así, si se produce la muerte de algunas de esas células, inmediatamente surgen otras que las sustituyen, evitando que se pierda el valioso contenido que atesoran. Este campo de estudio puede ayudar a entender mejor las patologías relacionadas con la memoria.

Neuroimagen. Tecnologías como la Tomografía por Emisión de Positrones (PET) o la Resonancia Magnética (RM) funcional han permitido trazar un mapa de las áreas cerebrales y clasificarlas según su funcionalidad y las conexiones que establecen entre sí. Estas técnicas sirven para visualizar las distintas zonas que se activan con la realización de una tarea determinada, así como para observar los daños que causan las enfermedades neurodegenerativas o la esquizofrenia.

Biomarcadores. Los fármacos actualmente disponibles frente al Alzheimer proporcionan mejoras muy modestas de la memoria. Las compañías y grupos de investigación interesados en desarrollar nuevas armas terapéuticas tienen que superar un escollo importante: no existen procedimientos que permitan diagnosticar el trastorno con plenas garantías. Tan sólo puede hacerse mediante estudios post mortem. Por eso, en un ensayo clínico con 1.000 participantes, lo más probable es que al menos un 10% no tenga la patología.

En estas condiciones, probar la eficacia de un medicamento se hace muy cuesta arriba. Por eso, los neurocientíficos se han volcado en el desarrollo de biomarcadores que determinen de forma más exacta quién está afectado. De paso, los frutos de estos análisis pueden aportar las claves para detectar el problema en sus etapas iniciales, es decir, antes de que un deterioro cognitivo leve se convierta en una demencia. El líquido cefalorraquídeo, que baña el cerebro y la médula espinal, es una de las posibles fuentes de información. Se ha observado que en los enfermos de Alzheimer este fluido contiene menores niveles de una proteína implicada en el desarrollo de la dolencia.

El poder de la luz. La combinación de elementos ópticos y genéticos ha dado lugar a la denominada optogenética. Se trata de dispositivos que sirven para controlar la función de grupos de células. Se emplean en animales modificados genéticamente para que algunas de sus neuronas (las que más interesen en cada estudio concreto) se estimulen cuando se aplica luz. Este sistema permite, entre otras cosas, manipular el comportamiento sin emplear técnicas invasivas.

Grandes descubrimientos

Todas estas líneas de trabajo –y muchas otras igualmente apasionantes– están ampliando los horizontes neurocientíficos. Ha habido grandes descubrimientos y el futuro vendrá cargado de novedades. ¿Es más lo que se ha avanzado o lo que queda por recorrer? En opinión de Ignacio Torres, director del Instituto Cajal de Madrid, perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), "tenemos mucha información en forma de parches, pero no una visión global".

Por ejemplo, se ha desentrañado el funcionamiento de las capacidades sensoriales y se han sentado las bases celulares del aprendizaje y la memoria. Ahora bien, cuando se trata de describir estos procesos en su conjunto, las certezas disminuyen. ¿La memoria se distribuye por todo el cerebro o sólo se localiza en una zona?

Torres cree que "hace falta una teoría del todo como la que persiguen los físicos". No obstante, no cree que se vaya a generar en un futuro próximo. "Ellos la encontrarán antes; están más avanzados que nosotros", asevera.

El director del Instituto de Neurociencias de Alicante (dependiente del CSIC y de la Universidad Miguel Hernández), Juan Lerma, asegura que "queda todo por descubrir". Aclara, no obstante, que "es mucho lo que se sabe". El sistema nervioso central constituye, según explica, "uno de los órganos más difíciles de estudiar". Por eso, el experto considera que "el cerebro sigue siendo un gran desconocido".

Se han estudiado las distintas partes a nivel celular y uno de los siguientes pasos será abordado por el proyecto conectoma, que viene a ser el equivalente en neurociencias de la secuenciación del genoma humano. El objetivo es averiguar cómo se comunican las neuronas. Para ello, las técnicas de biología molecular constituyen la mejor herramienta.

Otro gran desafío son las patologías neurodegenerativas. En el caso del Alzheimer, el escaso efecto de los fármacos diseñados para tratarlo ha elevado a la categoría de urgente el conocimiento de los mecanismos que lo desencadenan. Incluso, se están poniendo en duda algunas de las nociones que se daban por asentadas. Una de las teorías que cuenta con un número creciente de partidarios es la metabólica, según la cual estas dolencias se deben a una falta de aporte energético.


Nuevas armas contra la esclerosis múltiple

La esclerosis múltiple es una de las enfermedades del sistema nervioso en cuyo tratamiento se ha avanzado más en los últimos años. Antes de 1995 no contaba con ningún fármaco específico. A partir de ese año se fueron introduciendo los cuatro moduladores del sistema inmune actualmente disponibles y en 2007 apareció el producto más eficaz hasta la fecha, que es un anticuerpo monoclonal administrado por vía intramuscular que no se utiliza como primera opción porque expone a los enfermos a un cierto riesgo de padecer una infección grave.

Cerebro con esclerosis múltiple. (Imagen: El Mundo)

Cerebro con esclerosis múltiple. (Imagen: El Mundo)

Los cuatro inmunomoduladores también tienen una pega: el paciente debe inyectárselos de forma subcutánea. "Producen dolor, enrojecimiento y moratones. Estos efectos dificultan el seguimiento de la terapia", explica Celia Oreja-Guevara, coordinadora del Grupo de Estudio de Enfermedades Desmielinizantes de la Sociedad Española de Neurología (SEN). Pero lo mejor está por llegar. En estos momentos hay 15 fármacos en investigación y entre 2010 y 2011 se comercializarán, por primera vez, tratamientos orales específicos para la esclerosis múltiple. Según han demostrado los ensayos clínicos llevados a cabo, el uso de estos nuevos productos reducirá el número de brotes en más de un 50% y ralentizará la progresión de la enfermedad, retrasando la aparición de discapacidad. Esto ha sido posible, según la neuróloga, gracias al enorme avance en el conocimiento de la enfermedad.

martes, 5 de enero de 2010

Comprueban plasticidad del cerebro en la memoria



Un equipo de investigadores identificó los cambios morfológicos que ocurren en el cerebro de las abejas a medida que van formando su memoria olfativa de largo plazo. Los resultados obtenidos abren nuevas perspectivas para la comprensión de los mecanismos generales de la memoria de los humanos y de otras especies. Imagen: estracto de la portada de la revista Learning & Memory.

(Agencia CyTA-Instituto Leloir. Por Bruno Geller).- Fueron identificados los cambios estructurales que se generan en el cerebro de las abejas a medida que se va formando su memoria olfativa de largo plazo. Así lo revela un estudio publicado en la edición de diciembre de 2009 de la revista científica Learning & Memory.

El trabajo consistió en analizar cambios en la morfología del lóbulo antenal, región cerebral especializada en el procesamiento de los olores en los insectos. Teniendo en cuenta las semejanzas de forma y función entre el lóbulo antenal y el bulbo olfatorio de los vertebrados, los resultados del estudio abren nuevas perspectivas para la comprensión de los mecanismos generales de la memoria.

¿Qué cambios estructurales se producen a nivel neurológico a medida que se forma la memoria en un cerebro que es capaz de aprender y recordar? Para responder esta pregunta, Benoît Hourcade y Emmanuel Perisse, tesistas en el Centro de Investigaciones sobre la Cognición Animal de Toulouse, Francia, que dirige el doctor Martín Giurfa, estudiaron la formación de la memoria olfativa de largo plazo de las abejas y, en forma paralela, analizaron los cambios morfológicos en el lóbulo antenal.

Memoria olfativa

En el laboratorio, una abeja inmovilizada en un soporte individual es capaz de aprender que un olor es seguido por una recompensa de solución azucarada que remplaza al néctar de las flores. Así, la abeja aprende a estirar la proboscis (o trompa) al olor dado ya que éste anticipa la llegada de la recompensa. Los autores del trabajo -publicado en Learning & Memory- entrenaron dos grupos de abejas: uno en el cual la asociación entre olor y recompensa fue posible, y otro, en el que olor y recompensa fueron ofrecidos pero separado en el tiempo a fin de evitar toda asociación.

“Las abejas del primer grupo formaron una memoria de largo plazo ya que tres días después del entrenamiento recordaban el olor aprendido. Las abejas del segundo grupo, en cambio, no poseían memoria alguna”, explicó a la Agencia CyTA el doctor Giurfa que también se desempeña como presidente del Área de Neurociencias del Consejo Nacional de Investigaciones de Francia (CNRS según sus siglas en francés). Y agregó: “El entrenamiento en sí sólo duró 50 minutos. Se las dejó tranquilas y luego de tres días fueron capaces de recordar el olor aprendido, mostrando así la formación de memoria a largo plazo.”

Los autores compararon los cerebros de las abejas de los dos grupos y centraron su atención en las estructuras que constituyen el lóbulo antenal denominadas glomérulos. En los insectos, como en los vertebrados, estos glomérulos se activan en combinaciones específicas propias a cada olor, señaló Giurfa quien se doctoró en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires.

Los resultados del trabajo demostraron que paralelamente a la formación de la memoria de largo plazo, algunos glomérulos aumentaron de tamaño, cada uno de los cuales tiene una relación específica con determinados olores.

Resultado sorprendente

Dado que cada olor activa una combinación especifica de glomerulos (hay 160 glomérulos por lóbulo antenal en las abejas), se hubiese podido esperar que los glomérulos que aumentan su tamaño son aquellos que fueron activados por el olor aprendido, sin embargo no fue así, indicó Giurfa. “Otros glomérulos, distintos para cada olor entrenado, fueron aquellos que mostraron un aumento importante de tamaño. Pensamos que la explicación esta en el ‘cableado’ (o conexiones laterales) existente entre los glomérulos del lóbulo antenal: estas son inhibitorias y excitatorias. Esto significa que activar un glomérulo podría desinhibir un glomérulo adyacente provocando en éste un crecimiento mayor que en el activado por el olor”, destacó el científico que recibió en 2007 la medalla de plata del Consejo Nacional de Investigaciones de Francia por la calidad de su trabajo, reconocido a nivel nacional e internacional.

Para Giurfa lo notable de este estudio es que “los insectos forman memorias a largo término como nosotros y que su cerebro se modifica en virtud de ello. Por otra parte, las estructuras involucradas, en este caso el lóbulo antenal, presentan paralelos notables en forma y función con nuestras propias estructuras cerebrales especializadas en el tratamiento de olores (el bulbo olfativo). Desde ya, se podría pensar que estos aumentos de tamaño son un mecanismo general presente en vertebrados, y que podría estar asociado ya sea a la generación de nuevas neuronas, o al aumento de contactos sinápticos (comunicación entre neuronas), fruto de la memorización. Estamos estudiando justamente esto”, señaló.

Como en toda investigación, todavía quedan varios interrogantes sin respuesta. “Si los glomérulos aumentan, debería haber un mecanismo que los retrotraiga a su talla de origen: ¿cómo y por qué? Un cerebro no puede estar creciendo continuamente. ¿Cómo se regulan estos cambios plásticos? ¿Desaprendiendo? La historia continua”, aseguró el doctor Giurfa.



Crédito: revista Learning & Memory. El trabajo fue portada de la revista Learning & Memory. En la imagen se visualizan glomérulos (estructuras del lóbulo antenal de las abejas), algunos de los cuales han aumentado de tamaño como resultado de la formación de la memoria olfativa de largo plazo.

sábado, 2 de enero de 2010

Falta de sueño es dañina en jóvenes

Mujer deprimida (Foto: Archivo)

Expertos sostienen que los adolescentes necesitan al menos nueve horas de sueño.

Irse a la cama más temprano protege a los adolescentes y los hace menos propensos a sufrir de depresión y experimentar pensamientos suicidas, sugiere un nuevo estudio.

Una investigación estadounidense realizada con adolescentes de entre 12 y 18 años de edad, encontró que aquellos que se acostaban a dormir después de las 12 de la noche tenían un 24% más de probabilidades de deprimirse que aquellos que se iban a la cama antes de las diez de la noche.

Y los jóvenes que dormían menos de cinco horas tenían un 71% más de riesgo de desarrollar depresión que aquellos que lo hacían por ocho horas, informó la publicación Sleep.

Se calcula que unos 80.000 niños y adolescentes en el Reino Unido sufren de depresión.

Dormir lo suficiente, comer bien y hacer ejercicio de forma regular son esenciales para tener una vida emocionalmente saludable

Sarah Brennan, YoungMinds

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 20 años, la depresión se convertirá en la enfermedad que más padecerán los seres humanos, superando al cáncer y los trastornos cardiovasculares.

Los investigadores del Centro Médico de la Universidad de Columbia en Nueva York, analizaron los datos de 15.500 adolescentes recopilados durante la década de 1990.

Uno de cada 15 de ellos estaba deprimido.

Además de ser más proclives a sufrir de depresión, aquellos que se acostaban después de la medianoche tras la orden de sus padres eran 20% más propensos a pensar en el suicidio que aquellos cuya hora de dormir era las 10 de la noche o más temprano.

Se estima que aquellos que durmieron más de cinco horas de sueño durante la noche tenían un 48% más de riesgo de desarrollar pensamientos suicidas en comparación con aquellos que durmieron ocho horas.

Los adolescentes que informaron que "por lo general duermen suficiente" tendían a deprimirse en un 65% menos.

La depresión y los pensamientos suicidas fueron más comunes en las jovencitas y en aquellos que tuvieron una percepción de baja autoestima en torno a cuánto los padres se interesaban por ellos.

La mayoría de los padres de los adolescentes en el estudio fijaron como hora de dormir las diez de la noche como máximo.

Un cuarto de ellos la fijó a las 12 de la noche o después de esa hora.

El jefe del estudio, el doctor James Gangwisch, indicó que aunque era posible que a los jóvenes con depresión les costara dormir, el hecho de que el establecimiento de horarios de sueño por parte de los padres estaba vinculado a la depresión, sugiere que la falta de sueño de alguna forma respalda el desarrollo de la condición.

Gangwish señaló que la falta de sueño podría afectar las respuestas emocionales del cerebro y conducir a la melancolía que a su vez, entorpece la habilidad para hacer frente al estrés cotidiano.

Esta melancolía podría afectar el juicio, la concentración y el control de los impulsos.

Ejercicio regular

"Una calidad de sueño adecuada podría por lo tanto ser una medida preventiva y un tratamiento en contra de la depresión", añadió.

Por su parte, Sarah Brennan, directora ejecutiva de la organzación de caridad para la salud mental en el Reino Unido YoungMinds, afirmó: "Dormir lo suficiente, comer bien y hacer ejercicio de forma regular son esenciales para tener una vida emocionalmente saludable".

"Dar información a los padres sobre cómo cuidar el organismo por ejemplo, durmiendo suficientes horas, además de buscar ayuda si están preocupados sobre sus hijos permitirá enfrentar los problemas de manera temprana y evitará el desarrollo de condiciones mentales serias como la depresión", concluyó.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

CAPTACION DE DATOS EXTERNOS MIENTRAS DORMIMOS





Los 25 sonidos a los que fueron expuestos durante una siesta los participantes en una investigación influyeron en su grado de eficiencia al realizar una tarea en una etapa posterior del estudio, pese a no ser conscientes de los sonidos ya que dormían profundamente cuando los escucharon.


Las pruebas de memoria a las que se les sometió cuando estaban despiertos mostraron que los recuerdos espaciales de los sujetos habían cambiado. Los participantes fueron más precisos al arrastrar objetos hasta la posición correcta en la pantalla de un ordenador cuando los sonidos correspondientes a esas imágenes de objetos (por ejemplo el silbido de una tetera o el maullido de un gato) les fueron presentados mientras dormían.

La investigación sugiere firmemente que no apagamos nuestras mentes cuando estamos profundamente dormidos, tal como señala John Rudoy (Universidad del Noroeste), uno de los autores de la investigación. "Más bien es un momento importante para consolidar los recuerdos".

Y, algo que aún puede resultar más asombroso, la investigación mostró que los sonidos pueden penetrar en el sueño profundo y ser usados para promover la consolidación de los recuerdos de las personas en una dirección específica.

En el experimento, mientras estaban dormidas, las personas podían procesar subconscientemente cualquier cosa vivida durante el día, como por ejemplo lo que comieron en el desayuno, programas de televisión que miraron, o cualquier otra experiencia. Pero los investigadores decidieron qué recuerdos activarían en los voluntarios, haciéndoles rememorar cosas especificas del día.

El estudio de la Universidad del Noroeste corrobora la idea de que el cerebro está muy ocupado durante el sueño, repasando la información adquirida recientemente e integrándola con otros conocimientos en un misterioso proceso de consolidación del que depende en buena medida nuestra capacidad de recordar cosas cuando estamos despiertos.

Scitech News

LAS PECULIARIDADES DE LOS RECUERDOS DE OLORES


Algunos olores pueden evocar fuertes recuerdos de forma espontánea, como por ejemplo el de ese plato de la cocina familiar que tanto nos gustaba en la niñez. Un grupo de científicos del Instituto Weizmann de Ciencia ha revelado ahora las bases científicas de esta conexión.

Yaara Yeshurun, junto con Noam Sobel y Yadin Dudai del Departamento de Neurobiología del instituto, pensaron que la clave no se hallaba necesariamente en una época concreta de la vida de la persona, sino más bien en la primera vez que un olor es percibido en el contexto de un determinado objeto o suceso. En otras palabras, la asociación inicial de un olor con una experiencia, de alguna manera dejará una impresión única y duradera en el cerebro.

Para poner a prueba esta idea, los científicos diseñaron un experimento. En primer lugar, en un laboratorio, los individuos observaban las imágenes de 60 objetos, cada una acompañada de un olor agradable o desagradable, generado en una máquina llamada olfatómetro. A continuación, los sujetos eran examinados con un escáner fMRI para medir su actividad cerebral mientras volvían a ver las imágenes que habían observado antes y trataban de recordar qué olor se asociaba con cada una. Luego, toda la prueba se repetía (imágenes, olores y fMRI) con las mismas imágenes, pero acompañadas por olores diferentes a los de la primera vez. Por último, los individuos volvían al laboratorio una semana después, para ser escaneados mediante fMRI nuevamente. Contemplaban los objetos una vez más y se les pedía que recordaran los olores con los que estaban asociados.

Los científicos descubrieron que, tras una semana, aún cuando el sujeto recordara con igual facilidad ambos olores, la primera asociación presentaba un patrón distintivo de actividad cerebral. El efecto se notaba independientemente de que el olor fuera agradable o desagradable. Esta representación única se registraba en el hipocampo, una estructura cerebral relacionada con la memoria, y en la amígdala, una estructura cerebral relacionada con las emociones. El patrón era tan claro que permitió a los científicos predecir qué asociaciones serían recordadas por el sujeto, con sólo examinar la actividad cerebral en esas regiones después de la exposición inicial.

Para averiguar si otras experiencias sensoriales podían presentar esta pauta, los científicos repitieron el experimento usando sonidos en vez de olores, y descubrieron que los sonidos no suscitaban un patrón de actividad distintivo y asociado a la primera percepción. En otras palabras, el fenómeno constatado con los olores es exclusivo del sentido del olfato. Por alguna razón, la primera asociación a un olor queda grabada de manera especial en la memoria.

Scitech News

lunes, 14 de diciembre de 2009

Jill Price, la mujer que no puede olvidar

Jill Price, una mujer de Los Angeles nacida en 1965, sorprendió a científicos y a público en general en 2006 cuando se dio a conocer su caso en la revista Neuroscience. Jill poseía una memoria autobiográfica extraordinaria que le permitía recordar cada uno de los días de su vida desde que tenía 14 años de edad. Aparentemente, el cerebro de Jill funcionaba de una manera totalmente diferente a lo conocido.

Todo comenzó un día de junio del 2000, cuando Jill estaba buscando en internet información sobre otras personas que les sucediera lo mismo que a ella y fue a parar a la página web de James McGaugh, un experto en neurociencia, especializado en aprendizaje y memoria. Jill decidió enviarle un email explicándole su caso y, sorprendentemente, en sólo 90 minutos McGaugh le había respondido diciéndole que estaba interesado en conocerla en persona y saber más de su caso.

Aunque era bastante escéptico en un principio, McGaugh no tardó en convencerse que la habilidad de Jill no era normal y era auténtica. En febrero de 2006, después de cinco años entrevistándose con Jill, McGaugh y su equipo publicaron el artículo en la revista especializada Neurocase sobre el caso, la identidad de Jill se escondía tras las iniciales “AJ”. Los investigadores se referían a su síndrome como “hipertimesia”, del griego “hyper”, “superior a lo normal”, y “thymesia”, “memoria”.

A los pocos días, la historia saltó a los periódicos nacionales y de allí a la televisión. Jill fue entrevistada en la cadena NPR y, más tarde, un editor logró averiguar su nombre y localizarla para cerrar un acuerdo para publicar un libro en el que Jill contaría su propia historia, con su verdadero nombre. A partir de ahí, Jill se convirtió en un fenómeno mediático, apareciendo en los programas más importantes de la televisión norteamericana.

En sus conversaciones con McGaugh, Jill afirmó que el recuerdo más temprano que conserva es de ella misma estando en la cuna, con una edad de entre 18 y 24 meses, despertándose asustada por los ladridos del perro de su tío. Jill era capaz, también, de recordar el nacimiento de su hermano, cuando ella tenía 3 años y 9 meses de edad.

Sin embargo, su memoria con esa edad parece ser que era normal. Fue a la edad de 8 años, con la mudanza de su familia a Los Angeles, cuando comenzó a notar cambios. La propia Jill reconoce que esta mudanza le supuso un trauma y sin quererlo comenzó a obsesionarse por la vida que dejaba atrás. Comenzó a hacer listas de amigos y a pasar mucho tiempo mirando fotos de su antigua casa, pensando en el pasado. Los expertos creen posible que un trauma así pudiera haber provocado cambios permanentes en el cerebro de una niña, como el de Jill.

Jill sostiene que es a partir de la mudanza cuando sus recuerdos comienzan a ser más claros. Jill recuerda que un día con 12 años, mientras estudiaba con su madre, se dio cuenta que podía recordar muy vivamente los detalles del curso anterior y algunas fechas exactas. Aunque es cierto que Jill puede recordar muchos días del período de su vida que va desde entre los 8 a los 13 años de edad, no puede recordar cada uno de ellos, y además tiene que hacer un esfuerzo para que estos recuerdos surjan. Es a partir del 1980, a partir de los 14 años de edad, que sus recuerdos comienzan a ser “automáticos”.

La memoria de Jill comienza a ser extraordinaria y capaz de recordar con gran precisión su propia vida, aunque se comporta como la media con el resto de asuntos. Así por ejemplo, en la escuela no destacó especialmente y tenía las mismas dificultades que los demás a la hora de memorizar fechas en historia, aprender aritmética o recordar palabras nuevas en un idioma extranjero. Sin embargo, todavía hoy en día es capaz de recordar cada uno de sus profesores desde la guardería.

A los 10 años, Jill comenzó a escribir un diario. Según los expertos, este es un buen método para recordar más de cada día, no sólo porque crea un registro tangible sino porque obliga a reflexionar. Sin embargo, en el caso de Jill, el diario se convirtió en una obsesión por “anotar las cosas” porque si no se mantendrían en su cabeza. Jill mantendría el hábito hasta cumplir los 34 (50.000 páginas en total) aunque rara vez revisaba lo que había escrito.

Jill describe sus propios recuerdos como escenas de películas familiares de cada uno de los días de su vida, viéndose constantemente en su cabeza. Puede estar hablando con alguien y al mismo tiempo estar viendo cualquier escena de su pasado. Sería como mirar una televisión con la pantalla partida en la que se pueden ver dos canales diferentes a la vez. En uno de los lados, el presente; en el otro, su pasado, su memoria saltando de un momento a otro, hacia atrás y hacia delante, de manera incontrolada.

Una de las colecciones de Jill. Foto original de Jill Price

Jill dice no poder detener su propia memoria, sino que esta funciona de manera descontrolada y automática. Tampoco sabe qué será lo próximo que recordará. Los recuerdos simplemente aparecen en su cabeza, algunas veces cuando alguien menciona una fecha o un nombre, o simplemente al oír una canción en la radio. No importa si Jill quiere recordar ese día o no, su mente revive ese instante viéndolo “tal como lo veía ese día”, y rápidamente salta a otro y de ahí al siguiente.

Sin embargo, no siempre es así, otras veces es Jill la que provoca todo este proceso ya que también puede recordar a voluntad, de hecho, reconoce que solía pasar mucho tiempo pensando en fechas, “viendo” los días.

A priori, puede parecer que poseer una memoria como la de Jill es un regalo. De hecho, la propia Jill reconoce que muchos de sus recuerdos le proporcionan ánimos y seguridad, pero en otros casos sucede todo lo contrario. Jill recuerda todos los errores, todas las decisiones equivocadas y todas y cada una de las situaciones embarazosas y desagradables de su vida. Es por esto, que lejos de considerar su habilidad una bendición, Jill la considera una maldición a la que de muchos años de depresión por sus recuerdos.

Jill recuerda como su situación personal se veía agravada por la incomprensión de los demás, a los que le resultaba imposible hacer entender lo que sucedía en su cabeza. Cuando Jill explicaba a sus padres como los recuerdos la “asaltaban”, no le entendían. Su madre se limitaba a decirle que no le diera tantas vueltas a las cosas. Aunque no es de extrañar, ya que ni ella misma entendía del todo lo que le pasaba y ante la imposibilidad de hacerlo entender a los demás comenzó guardárselo para sí misma.

Aunque todo cambió a raíz de dar con McGaugh. Este investigador y su equipo la ayudaron a ver su propia vida de otra manera y entender el papel tan poderoso que juega la memoria en la vida de las personas y en construir la propia percepción que tenemos de nosotros mismos. La gente “normal” construye su propia biografía mediante una selección de recuerdos, pero, también, de olvidos. Un proceso que continuamente va evolucionando como lo hace la imagen que tenemos de nosotros mismos. Jill, sin embargo, no puede hacer lo mismo, dentro de ella están todos los “yos” de cada uno de sus días, como si fuera una muñeca rusa.

Brad Williams, recuerda cada uno de los detalles de estas vacaciones familiares de 1964, tenía 7 años. Foto original CNN

Han pasado los años, pero los científicos todavía no han encontrado una explicación definitiva para la sorprendente memoria de Jill. Los escáneres cerebrales parecen indicar que algunas partes de su cerebro son de tres veces más grandes de lo habitual. Estas áreas son el núcleo caudato y una parte del lóbulo temporal encargada del almacenamiento de hechos, fechas y eventos. Según los investigadores, estas dos áreas podrían estar trabajando juntas, en el cerebro de Jill, de una manera desconocida hasta la fecha, habiendo convertido en automático hacer de cada detalle del día un recuerdo.

Estas dos áreas, además, están relacionadas con los trastornos obsesivo-compulsivos. De hecho, su cerebro tiene un cierto parecido con el de las personas que sufren este trastorno. Según McGaugh, coleccionar y acumular cosas son dos de los síntomas más claros de este tipo de trastorno y no cree que sea una mera coincidencia la afición por el coleccionismo de cosas y el de recuerdos que presenta Jill.

Sin embargo, no se han encontrado diferencias en otra área del cerebro esencial para el aprendizaje y la memoria autobiográfica: el hipocampo. Sin el hipocampo no se podría hacer pasar los recuerdos de la memoria a corto plazo a la de largo. Una de las funciones del sueño, durante el cual el hipocampo vuelve a revivir la actividad diaria, es precisamente mejorar esta consolidación de información.

Otra de las teorías que han intentado explicar la extraordinaria memoria autobiográfica de Jill sostiene que Jill podría ser mucho mejor que la media manteniendo recuerdos, pero que también sería mucho peor que los demás bloqueando su recuperación.

“Nos hemos obsesionado tanto con la memoria que hemos demonizado el olvido” , afirma Gayatri Devi, un psiquiatra de Nueva York experto en memoria. “Pero si no olvidáramos, recordaríamos todo tipo de información de nuestra vida y nos ahogaríamos en un mar de ineficiencia”.

Los recuerdos de un acontecimiento singular son, en general, fáciles de recordar, al ser guardados en la memoria de larga duración con conexiones a muchos otros. Sin embargo, ¿Qué pasó durante ese número incontable de días, noches, reuniones, trabajo, viajes en autobús y muchos otros ratos perdidos? Simplemente que no crearon en nosotros una impresión lo suficientemente duradera o simplemente fueron sobrescritos en nuestro cerebro por otras experiencias similares de manera que es difícil recuperarlos.

En cierta manera, los recuerdos de cosas mundanas o eventos recurrentes compiten entre sí por ser recordados, según los científicos el cerebro parece estar programado para olvidar todo aquello que no parece importante. Los recuerdos tienden a superponerse, combinarse y desaparecer, por razones que aún se desconocen. Sin contar con que la memoria humana no es perfecta y está sujeta a la contaminación y la distorsión.

La aparición del caso de Jill en la publicación científica Neurocase propició que surgieran más personas que supuestamente poseían la misma habilidad. Aunque la hipertimesia sigue siendo un síndrome extremadamente poco común. Hasta la fecha, sólo se han podido confirmar científicamente otros tres casos. Aparte del de Jill, todos ellos en Estados Unidos: Brad Williams, de Wisconsin y al que algunos han llamado el Google humano; Rick Baron, de Cleveland y un tercer caso, todavía anónimo en el sur de California.

Al contrario que Jill, estos tres hombres son zurdos y su memoria no les supone ningún tipo de tormento. Aunque, igual que ella, sí que presentan la misma tendencia compulsiva a coleccionar cosas, tales como guías de televisión, películas viejas o similares.