lunes, 6 de diciembre de 2010

La religión es universal, sí, pero no está en los genes

Lo intuimos, lo dice el sentido común, y aparte es consenso entre las ciencias humanas, y sin embargo recientemente hay un grupo de investigadores en las llamadas Ciencias Cognitivas de la Religión que están empeñados en rizar el rizo de las explicaciones: que la selección natural se tomó el trabajo de elegir la forma en que se conectarían ciertos circuitos neuronales de forma que resultaría inevitable que emergiera la religiosidad en el ser humano. Y podría entonces uno preguntarse ¿porqué habría de sernos biológicamente útil creer en seres sobrenaturales y gastar el tiempo repitiendo extraños rituales? Las respuestas que dan éste grupo de cognitivistas es que la evolución nos inclina de alguna forma misteriosa a transmitir señales muy elaboradas al grupo al que pertenecemos (rituales religiosos = señalización costosa), señales inconfundibles de honestidad y compromiso real. Es decir, los rituales religiosos son tratados como fenotipo. Algo semejante especulan en lo que toca a la creencia en Dios (el “vigilante sobrenatural”). Tan fantásticas son estas afirmaciones que aún quienes en teoría se beneficiaran más de ellas -los creyentes- seguramente dirán que si son buenos religiosos es simplemente porque creen en Dios y tienen fe en él.

Incluso los psicólogos cognitivos más moderados, tales como Paul Bloom, tienden a usar términos que confunden innecesariamente la terminología científica con la religiosa. Por ejemplo, Bloom afirma que los niños son “creacionistas” natos, en tanto que tienden a asignar de forma natural intencionalidad a fenómenos naturales (animismo) y a creer que el alma sobrevive a la muerte del cuerpo “físico”. En mi opinión, no necesitamos de nueva terminología para lo que se conoce desde hace mucho tiempo. No pretendo desacreditar con ello todo lo propuesto por la Ciencia Cognitiva de la Religión, ciertamente ha avanzado conceptos que son útiles para la psicología, y en general para las neurociencias, sino apuntar los riesgos de un reduccionismo genético prematuro.

Las afirmaciones de algunos de estos cognitivistas (los adaptacionistas) son a todas luces pseudocientíficas: que con un puñado de genes que nos diferencian de los chimpancés el cerebro de alguna forma se las ha ingeniado para convertirse en un órgano donde abundan los módulos especializados para conductas concretas, por ejemplo, con circuitos que hacen que generemos la ilusión de que existe un “vigilante sobrenatural”, o que si los cristianos hablan “en lenguas” es porque la selección natural los está obligando a transmitir señales que son difíciles de fingir para alguien que no sea creyente verdadero.

Al momento no sabemos que parte de las capacidades cognitivas está predeterminada por los genes. Si los bebés de 3 o 4 meses parecen exhibir respuestas “empáticas”, e incluso un sentido rudimentario de justicia, ello no indica que las pocas experiencias que han tenido dejen de jugar algún papel. Es decir, los genes no “vigilan” la construcción de ningún módulo propio para la empatía, que de pronto entra en acción a los pocos meses de vida. El cerebro parece ser más bien ahorrativo en ese aspecto y en lugar de asignar módulos distintos para cada nueva funcionalidad, tema que analizó recientemente Robert Sapolsky (Este es tu cerebro en metáforas), reutiliza los mismos neurocircuitos ya existentes. Por ejemplo, las áreas con las que percibimos el dolor físico son ampliadas en su funcionalidad y también nos permiten percibir el dolor emocional (Circunvolución del Cíngulo Anterior); o cuando el “Asco Moral” es percibido en las regiones que procesan el asco a lo que comemos (Ínsula). Los circuitos neuronales aumentan su “portafolio” en lugar de crear nuevos neuro-espacios o módulos. Durante el proceso de hominización el cerebro no ha dado un salto evolutivo acrobático, como parecen proponer los cognitivistas que estudian la religión, destacan más bien modificaciones mucho más discretas como son el incremento del número y ancho de las mini-columnas de la corteza cerebral, y en algunas regiones (ej. área 10 de Brodmann) el aumento del espacio entre neuronas para permitir un mayor número de conexiones (La organización de las neuronas en el Polo Frontal diferencia a los humanos de los grandes simios). Tenemos cerebros más ricamente interconectados y más rápidos. El si las funciones cognitivas que observa Paul Bloom en los bebés y en la infancia temprana (altruismo, creacionismo, dualismo innatos) están programadas por los genes o son un producto inevitable (emergentismo) de la complejidad cerebral creciente, está aún por precisarse.

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