lunes, 1 de marzo de 2010

El alma de las neuronas

La controversia entre filósofos y científicos sobre la naturaleza de la conciencia, el cerebro, la mente y el lenguaje

El alma de las neuronas SILVERIO SÁNCHEZ CORREDERA La naturaleza de la conciencia aborda la reciente historia de una polémica entre científicos y filósofos. El encargado de reunir las partes de la polémica (2003-2007) es Daniel Robinson (introducción y capítulo final), quien nos presenta, por una parte, al científico Maxwell Bennett (Sidney) y al filósofo Peter Hacker (Oxford) y, enfrentados a éstos, los filósofos Daniel Dennett (Tufts) y John Searle (Berkeley), que entran en la polémica suscitada por los dos primeros. De este modo, la obra reúne seis escritos de los cuatro polemistas: dos con los argumentos de la polémica (Bennett y Hacker), seguidos de otros dos con las refutaciones (Dennett y Searle) y rematados por los dos finales de réplica (Bennett y Hacker). ¿Puede haber más emoción?

La controversia mantenida por estos expertos en neurociencia podría plantarse así: ¿qué papel juega en las actuales investigaciones neurocientíficas el antiguo concepto de «alma», traducido muchas veces por «conciencia» e, incluso, por «cerebro»? La extraña sensación sobreviene cuando, a medida que se leen los distintos argumentos, cada una de las partes enfrentadas parece convincente, pero, entonces, ¿quién tiene razón?

Resumanos para que el lector de esta reseña pueda hacerse su propia composición de lugar. El científico M. Bennett y el filósofo P. Hacker se alían para publicar «Philosophical Foundations of Neuroscience» (2003), extensa obra crítica dedicada a denunciar al reciente movimiento de neurociencia cognitivista que caería en lo que llaman la «falacia mereológica», o, en román paladino, en atribuir caracteres del todo (la persona) a una de sus partes (el cerebro). De esta manera, una extendida moda neurocientífica habría empezado a hablar con total oscuridad e imprecisión, y a decir cosas como que el cerebro «ve», «plantea hipótesis», «extrae conclusiones» o que «desea» y «decide». Pero para Bennett y Hacker, el cerebro no es una entidad a la que se le puedan aplicar predicados psicológicos.

De la amplia caterva de expertos (Crick, Gazzaniga, Sperry, Young, Blakemore, Zeki, Marr, Edelman, Damasio, etcétera) contra la que se dirigen Bennett y Hacker, dos de ellos les salen al paso: Dennett y Searle. De forma individual, tan sólo unidos por el enemigo común, acusarán a los autores de «Philosophical Foundations of Neuroscience» de cortedad teórica y de estrechez de miras, y de que la frontera entre la ciencia y la filosofía no es tan rígida como ellos la pintan, porque es obvio que lo que intentan hacer es establecer analogías y proponer metáforas entre la actividad de la conciencia y la del cerebro, y, además, porque es posible que entre las operaciones de la conciencia y las del cerebro puedan encontrarse los esquemas lógicos que permitan traducir lo uno en lo otro.

Bennett y Hacker vuelven a la carga y aclaran que ese propósito está muy bien pero que lo que ellos denuncian es, precisamente, que el esquema psicológico pueda ser trasladado al neuronal, y que al forzar el lenguaje de esa manera sólo introducen confusión. ¿Quién tiene, pues, razón?

Para dar la razón a cualquiera de las partes, antes hemos de interpretar bien de dónde proceden exactamente los argumentos. Los cuatro autores tienen fuertes nexos con la filosofía analítica, pero Bennett y Hacker representan el ala más estricta del análisis filosófico heredero de Wittgenstein y de Ryle, alineados además con una visión muy neopositivista de la función de la ciencia, donde el papel de ésta consiste en establecer verdades empíricas, ayudada, eso sí, de la clarificación conceptual que puede prestarle la filosofía, pero sin que esta ayuda se convierta en intromisión. Enfrentados a esta estricta visión, Dennett y Searle prefieren una relación más permeable entre el quehacer filosófico y el científico, y entienden que la filosofía también trabaja en el plano de la verdad empírica y que la ciencia también establece determinados contornos conceptuales. Así pues: ¿quién tiene razón?

Nos acercaremos a ser jueces más justos si, además, consideramos que lo que une a los cuatro polemistas es la neurociencia pero que lo que los separa es el distinto ángulo en el que inciden en esta disciplina. El científico Bennett (y el filósofo Hacker que acude a ayudarle en el montaje conceptual) se sitúa en el estudio de la neurociencia que investiga los fenómenos en su escala neuronal, mientras que la perspectiva de Dennett y Searle, partiendo de los datos neuronales, se sitúa en el análisis de la conciencia. Así pues, una pregunta previa a resolver, sobre el trasfondo de las filosofías aristotélica y cartesiana a la que respectivamente parece que acuden unos y otros, ha de ser: ¿se mantiene algún tipo de espiritualismo?, ¿se defiende el fisicalismo?, ¿se parte de una ontología monista, dualista o pluralista? Una vez resuelto esto podríamos intentar distribuir las razones que asisten a unos y a otros.

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