lunes, 5 de octubre de 2009

Errar es humano


La peor catástrofe de toda la historia del uso de la energía nuclear ocurrió el 26 de abril de 1986 cuando en una revisión de rutina del reactor número cuatro, este reactor explotó y el nombre de la planta nuclear pasó a ser parte del vocabulario de todos nosotros: Chernobyl. Catástrofe que pudo haberse evitado, porque el problema fue humano.

Por supuesto, errar es humano; pero lo es también aprender; en años recientes se ha ido identificando una región del cerebro que parece jugar un rol importante en la detección y corrección de los errores; a esta área se le conoce como corteza prefrontal medial y parece ser que se activa cuando las personas cambian su conducta, cuando se recibe una retroalimentación negativa, o bien cuando la recompensa no es de la cantidad que esperábamos.

Además, los últimos estudios muestran que nuestra habilidad de aprender de las tonterías que hacemos, están en relación con un neurotransmisor llamado dopamina: variaciones genéticas que la afectan, explican las diferencias entre las personas para volver o no "a tropezar con la misma piedra".

DETECCION DE ERRORES

Como muchas otras cosas que sabemos, el descubrimiento del aparato para la detección de errores fue una serendipia; a principios de la década de los 90, el psicólogo Michael Falkenstein de la Universidad de Dortmund en Alemania, estaba conduciendo un experimento con un electroencefalograma cuando notó que, al momento de que el sujeto cometía un error, el potencial eléctrico en la parte delantera de la cabeza caía; desde entonces se le conoce como negatividad relacionada con el error, o ERN, por sus siglas en inglés.

Hay al menos dos tipos de ERN, una ligada a errores inintencionales que despunta como a los 100 milisegundos después de que se cometió el error (como apretar una tecla incorrecta al momento de estar escribiendo); y otro cuando tomamos una decisión y no obtenemos el resultado deseado (como cuando elegimos hacer fila en una cola del supermercado y avanza más despacio que las otras filas); es un poco más tardada y por eso aparece hasta los 250 ó 300 milisegundos.

Al usar la resonancia magnética se pudo descubrir en qué lugar en particular es que se originaba tal onda eléctrica: la corteza prefrontal medial y el cingulado anterior; los estudios han definido a la primera de estas áreas como el monitor de la retroalimentación negativa, de los errores de nuestra actividad, la que se encarga de la decisión bajo incertidumbre; en general es un supervisor de nuestro desempeño, de acuerdo al artículo del 2005, de Markus Ullsperger del Instituto Max Planck de Investigaciones Neurológicas, en Colonia, Alemania y Stefan Debener, del Instituto de Investigaciones de la Escucha en Inglaterra, entro otros investigadores.

RESPONDIENDO AL ERROR

Desde 1970 se había advertido, por parte del psicólogo Patrick Rabbitt, que las mecanógrafas apretaban menos fuerte las teclas de las máquinas de escribir, cuando no era la tecla correcta; en general, sabemos que al momento de cometer un error, todos nos detenemos o nos movemos más despacio, como una manera de analizar el problema y planear una nueva estrategia de acción.

La corteza prefrontal medial parece mediar este proceso; los estudios de imágenes del cerebro muestran que la actividad neuronal de estas regiones se incrementa cuando una persona se detiene al momento de hacer un error.

En 1998, los neurocientíficos Keisetsu Shima y Jun Tanji de la Escuela Universitaria de Medicina Tohoku, en Sendai, Japón, entrenaron a unos changos para mover una palanca en respuesta a una señal visual, después de lo cual se les recompensaba; pero tiempo después comenzaron a darles menos recompensa de la que solían dar, cosa que los animales interpretaron como que estaban cometiendo un error; ellos encontraron que ciertas neuronas alteraban su actividad después de recibir la recompensa reducida; al parecer estas neuronas eran sensibles a la retroalimentación negativa.

Para el 2004, el neurocirujano Ziv M. Williams y sus colegas del Hospital General de Massachusetts, reportaron encontrar un conjunto de neuronas que se comportaban igual, pero en la corteza cingulada, una parte del cerebro debajo de la corteza cerebral, implicada en las emociones y la memoria; muy interesante, se vio que el nivel de actividad neuronal predecía si las personas iban a cometer errores o no.

Pero, a menos que se pida lo contrario, las personas no cambian su forma de comportarse por un solo error, se necesitan una serie de errores sostenidos; en el 2006, los psicólogos Stephen Kennerley y Matethew Rushworth y sus colegas de la Universidad de Oxford, entrenaron a monos Rhesus a mover una palanca de determinada manera para obtener comida; después de que tenían bien aprendida esta conducta, les cambiaban la jugada y les daban comida cuando la movían de otra manera; como se imaginarán, los monos no cambiaban su conducta a la primera, sino que tomaban en cuenta el resultado de los últimos cuatro o cinco intentos.

Pero cuando les lesionaron la parte de delante de la corteza cingulada, sólo usaban como criterio de cómo mover la palanca, el resultado de su anterior intento. Al parecer, la corteza cingulada sirve para evaluar la historia de nuestros errores y aciertos como guía de nuestras próximas decisiones.

INCENTIVO QUÍMICO

Tales evaluaciones también parecen depender de la dopamina; Wolfram Shchultz, de la Universidad de Cambridge, ha mostrado a lo largo de los últimos 15 años que las neuronas que producen la dopamina, cambian su actividad si la recompensa recibida es más o menos de la esperada.

También se ha visto que la dopamina interviene cuando aprendemos de las cosas que hacemos tanto bien como mal; en el 2004, el psicólogo Michael J. Frank, de la Universidad de Colorado, trabajó con personas que padecían Parkinson, puesto que ellos tienen pocas cantidades de dopamina; Él especuló que iban a tener muchos problemas para aprender de las cosas que hacían bien, mientras que no iban a tener problemas para aprender de los errores. Y eso es justo lo que encontró, cuando los comparó con personas normales.

Pero también en los sujetos comunes y corrientes, sus niveles de dopamina explican por qué unos aprenden más fácil de la experiencia que otros; en diciembre del 2008, Tilman A. Klein y Marcus Ullsperger, entre otros, demostraron que tales variaciones están asociadas a diferencias en el gen para el receptor a la dopamina D2; quienes tienen una variante conocida como A1, tienen hasta 30 por ciento menos dopamina que otras personas y son esas personas a las que les cuesta más aprender de sus errores. Incluso al ver su cerebro con las técnicas de resonancia magnética, se vio que la corteza prefrontal medial de su cerebro se activaba menos cuando cometían errores.

PREDICIENDO LOS ERRORES

Para terminar, un área que está llamando la atención, es ver qué pasa en el cerebro antes de que se cometa el error; Tom Eichele, junto con el ya mencionado Ullsperger, publicaron en abril del 2008, un estudio donde se usó la resonancia magnética, para observar qué pasaba en el cerebro antes del error; ellos observaron que había dos conjuntos de áreas cerebrales que se activaban: una a la que llamaron la red de default (que se activa cuando las personas están relajadas y descansando, localizada en la corteza retrosplesnial, en el centro de la superficie del cerebro) y la otra que tiene que ver los lóbulos frontales (que son las áreas que más se activan cuando trabajamos arduamente en algo).

Lo que vieron es que, antes de cometer los errores, se activaba la red de default y al mismo tiempo, se desactivaban los frontales; es decir, que antes del error las personas estamos menos involucrados con la tarea que estamos haciendo.

Estos últimos datos son muy importantes porque se podría estar monitoreando el cerebro de aquellos que están en tareas monótonas y avisarles desde antes que están a punto de cometer un error.

* Departamento de Neurociencias, Universidad de Guadalajara.

No hay comentarios:

Loading...